MINDY MILLER
No podía dejar de pensar en la humillación que había sufrido frente a todos, frente a mi familia, mis amigos y la sociedad. Damián no solo me había dejado plantada en nuestra fiesta de compromiso, sino que se había fugado con una desconocida. ¡¿Quién demonios era ella?! ¡¿De dónde había salido?! ¡¿Cómo se atrevía a arruinar mis planes, mis sueños, mi futuro?!
Había apostado por Damián porque era conocido por su prudencia con las mujeres. Sí tenía sus aventuras pasajeras, no eran de dominio público. Ante la sociedad él era serio, frío, calculador, un tiburón en el estanque de empresarios, además de ser uno de los hombres más acaudalados de la ciudad que no era un anciano. Era la clase de hombre perfecto que ansiaba tener, aunque fuera por contrato. ¡No podía creer que mi buena suerte se viniera abajo por una mujer como esa!
Apreté los puños mientras la madre de Damián, con su impecable postura y ese aire de superioridad que siempre la había caracterizado, me decía que todo estaba cancelado.
—Lo siento, querida —susurró con pesar, negando con la cabeza—. No sé qué mosquito le picó a Damián y en verdad lamento mucho que haya dejado pasar una gran oportunidad con una mujer como tú. Eres todo lo que deseaba como esposa para mi hijo y como madre de mis nietos.
—¿En verdad no hay nada que hacer? —pregunté aún sentada sobre su sofá, tronándome los dedos mientras el aire se rehusaba a entrar en mis pulmones.
—No, no hay nada que hacer cuando a Damián se le mete algo en la cabeza. Ojalá tuviera más información y pudiera entender mejor lo que está pasando, pero no tiene sentido seguir molestándolo. Cuando regrese tendré una plática muy seria con él, pero de momento solo nos queda esperar —contestó la mujer restándole importancia, porque obviamente no podía comprender mi situación ni mi frustración, y aunque pudiera hacerlo, no le importaba.
Pero… ¿En verdad no había nada que hacer? ¡Por supuesto que había algo que hacer! No iba a quedarme de brazos cruzados mientras me arrebataban lo que era mío.
Fingí serenidad. No iba a darle el gusto de verme derrotada. Sonreí con dulzura y asentí con una tranquilidad que no sentía.
—Entiendo, respeto la decisión del señor Ashford y espero que cuando esté de regreso tenga la oportunidad de hablar con él —dije con la voz más melodiosa que pude fingir, mientras por dentro estaba furiosa. Cada vez que cerraba los ojos me podía imaginar desgreñando a esa mujer de cabellos negros.
En cuanto crucé la puerta y me alejé lo suficiente, la rabia explotó en mi interior.
—¡Maldito! ¡Maldito Damián! ¡¿Cómo te atreves?! —vociferé mientras me acercaba a mi auto y una vez dentro seguí maldiciendo y golpeando el volante con rabia. Yo había soportado todo con la paciencia de una santa. Me había sometido a esas horrorosas entrevistas con su madre, soportando sus críticas y altanerías. Me sometí a estudios de fertilización y dejé que un batallón de médicos me viera hasta la consciencia y valoraran si era mujer suficiente para llevar en mi vientre al hijo de Ashford.
Había mantenido una imagen impecable, había jugado mi papel a la perfección, ¡y ahora me cambiaba por una cualquiera!
No. No iba a permitirlo, no sin una buena explicación y una compensación.
Saqué el teléfono y marqué el número del mejor detective privado que conocía.
—¿William? —pregunté y el silencio en la línea se hizo profundo—. Soy Mindy y necesito tu ayuda. Te pagaré bien.
—¿Qué necesitas? —inquirió con cautela mientras una sonrisa se dibujaba en mi rostro y mi corazón se aceleraba.

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