DAMIÁN ASHFORD
El frío del alcohol sobre mi piel apenas logró distraerme. No podía apartar la vista de la pantalla del televisor mientras el médico terminaba de tomar la muestra. La imagen era clara, el cintillo de noticias rojas anunciaba con una seguridad insultante mi supuesto compromiso con Mindy. A su lado, una fotografía de ella con una sonrisa angelical y una mía que parecía tomada por un «paparazzi», porque claramente no teníamos ninguna foto juntos que pudieran usar. Sentí un nudo de furia en el estómago. Sabía que mi madre estaba detrás de esto.
El doctor hablaba sobre los tiempos de espera para los resultados, pero su voz se volvía un eco distante. Mi mano ya estaba en el bolsillo, sacando el teléfono para marcarle, cuando la pantalla se iluminó con su nombre. Respondí con la mandíbula tensa, dispuesto a exigir respuestas, pero ella se adelantó:
—Querido, me encantaría que comiéramos juntos. Creo que tenemos mucho de qué hablar —soltó con esa tranquilidad tóxica que siempre la caracterizaba.
—¿Se te olvidó que estoy en París? —pregunté de mala gana mientras rechinaba los dientes.
—Ya sé, corazón, pero mamá ha decidido viajar para verte —agregó con sorna, dejándome congelado—. Te espero en el hotel donde te estás hospedando. De hecho, ya estoy en tu habitación. Por favor, no hagas una escena, sabes que tenemos que hablar.
Su tono era seco, calculador, mientras yo ya estaba rabiando internamente.
—¿Cómo demonios sabes dónde estoy? —espeté echando todo el aire por la nariz y saliendo del laboratorio con paso acelerado y firme mientras mi mano libre se convertía en un puño.
—Tengo mis métodos. ¿Apoco creíste que la astucia e inteligencia para descubrir cosas la heredaste de tu padre? Lamento decirte que eso viene de mi lado de la familia —respondió con total naturalidad—. Ven tranquilo, hijo, porque esta vez no hay marcha atrás.
Y cortó. Justo como siempre, imponiendo sus decisiones y esperando obediencia. Salí del hospital a zancadas, rogando internamente que Andy no hubiese visto la noticia. No ahora. No cuando por fin comenzaba a tener algo con ella. Pensar en ese último momento que tuvimos, una clase de tregua silenciosa donde ambos bajamos nuestras defensas fue algo que quería volver a sentir.
Nunca había vivido una experiencia así, donde simplemente pudiera bajar la guardia y descansar. Colgar mi disfraz de cruel y frío empresario y dejar salir un poco de lo que tenía dentro.
Cuando llegué al hotel, no solo encontré a mi madre en mi habitación. Mindy estaba allí también, con una expresión que mezclaba vulnerabilidad y satisfacción. Entorné los ojos y supe que era una m*****a perra faldera, aferrándose a las faldas de mi madre.
—¿Qué es todo esto? —gruñí sintiendo la rabia hervir bajo mi piel.
—Cálmate, Damián. —Mi madre habló con su usual tono imperturbable—. No querrás alterarte y alterar a Mindy… por el bien del bebé.
Sentí que el suelo se desmoronaba bajo mis pies. Fruncí el ceño, buscando en los ojos de ambas la mentira.
—¿Qué dijiste? —Mi voz salió baja, peligrosa, pero una presión en el pecho comenzó a invadirme.
Mindy se mordió el labio y desvió la mirada, como si la situación la abrumara, demostrando lo cobarde que podía ser. Mi madre, en cambio, se mantuvo firme.
—Las fertilizaciones funcionaron. Mindy está embarazada de ti —soltó tranquilamente como si me estuviera dando el reporte del clima. Un silencio gélido se instaló en la habitación. Mi instinto me dijo que había algo turbio en esto o a eso me quería aferrar.
—Eso es imposible —declaré, clavando los ojos en Mindy—. No autoricé más intentos. Mis muestras deben estar caducas.

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