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Embarazada por Accidente de los Mellizos de CEO romance Capítulo 30

DAMIÁN ASHFORD

No supe qué responder de inmediato. La pregunta de Victoria me dejó completamente fuera de base. Miré los pequeños rostros expectantes de mis hijos, tratando de encontrar la trampa, la razón por la cual me habían lanzado esa bomba sin previo aviso. Mi mente trabajó a toda velocidad, intentando recordar si Andy había dicho algo frente a ellos, si de alguna forma los niños habían descubierto la verdad por algún descuido torpe ya fuera mío o de ella.

Cuanto más intentaba hilar las piezas, menos lógica encontraba. León y Victoria no parecían tensos ni confundidos, sino entretenidos, como si su pregunta fuera un simple juego. Y entonces comenzaron a reírse, Victoria con esa risa cristalina que parecía llenar la habitación de luz y León con su pequeña carcajada ronca. Me tensé de inmediato, pero sus risas eran inocentes, traviesas, sin el peso de un conocimiento real.

—Mira, León —dijo Victoria con una sonrisa enorme—. ¡Nos parecemos mucho a él!

León frunció el ceño, inclinando la cabeza con expresión analítica mientras me miraba con detenimiento. Luego encogió los hombros y asintió lentamente.

—Sí, un poco —concedió—, supongo.

—¿Bromeas? ¡Puso la misma cara que tú pones cuando mamá te regaña! —exclamó Victoria emocionada, dando saltitos a mi alrededor hasta que de pronto se detuvo frente a mí con esos ojos expectantes—. ¿También te ha regañado mi mamá?

—Un par de veces… —solté hipnotizado por sus hermosos ojos azules, tan lindos como los de Andy y de pronto me encontré sonriéndole con ternura. Era mi hija, mi niña, mi princesa.

—¡Ves! Lo regaña mamá igual que a nosotros —agregó como si esa fuera una prueba más de nuestro lazo sanguíneo.

—¡Pero no es suficiente! —contestó León recostándose sobre la cama—. Tan solo míralo, ¿de dónde saqué mi barriguita? ¡Está todo plano! Debería de estar barrigoncito igual que yo.

—Eso no es válido… yo no estoy barrigona… creo. —Victoria puso ambas manos en su pancita y bajó la mirada hacia ella, analizándola mientras juntaba las puntas de sus pies de manera adorable. Después levantó su atención hacia mí, con el ceño fruncido e hizo la pregunta más importante del día—. ¿Estoy panzoncita?

Me hinqué ante ella y no pude evitar hacer más grande mi sonrisa.

—En mi amplia experiencia con mujeres, estoy seguro de que debo de decir que no, no estás panzoncita, estás perfecta —contesté sabiendo que era un campo minado. Ese «¿estoy panzoncita?» sonaba muy similar a: ¿me veo gorda?, y todo hombre con dos dedos de frente sabía cuál era la respuesta cuando una mujer, sin importar la edad, preguntaba eso.

Victoria me dedicó los ojitos más llenos de dulzura que alguna vez había visto y me sonrió antes de abrazarse a mi cuello, satisfecha por mi respuesta.

—Pero entonces… ¿eres o no eres nuestro papá? —preguntó León entornando los ojos. No sería tan fácil ganármelo a él.

Respiré hondo y tomé a Victoria en mis brazos antes de sentarme junto a León en la cama. No quería presionarlos ni asustarlos, pero tenía que saber qué pensaban.

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