ANDY DAVIS
Necesitaba aire, las cosas me estaban abrumando. Apenas entró la enfermera para revisar a León cuando yo decidí salir por un vaso nuevo de café, aunque ya había dos enfriándose sobre el mueble.
Quería ordenar mis pensamientos, decidir qué haría con la noticia del compromiso de Damián. Me sentía estúpida por haberme permitido bajar la guardia, por haber sentido ese cosquilleo de emoción cuando él estaba cerca. Me había dejado engañar por una fantasía que jamás podría ser real. Había sido un error besarle, un error escucharle, un error mirar en sus ojos la promesa de algo que nunca llegaría.
¡Era el mismo hombre del que había escapado! ¿Solo por aceptar salvar a León se merecía mi benevolencia? ¡Era su hijo! ¡Era su obligación!, y yo me comportaba como si de pronto él se hubiera vuelto bueno y nos hiciera un gran favor. ¡Carajo!
Respiré hondo, sintiendo el peso de mi propia determinación. No volvería a caer. No importaba cuán insistente fuera Damián, no importaba cuán profundamente me estremeciera cuando estaba cerca. Tenía que poner límites. No permitiría que me manipulara.
—¿Andy Davis?
Me giré rápidamente con el pulso acelerado. Frente a mí estaba una mujer alta, de presencia imponente, con un elegante abrigo y el porte de alguien que está acostumbrado a ser escuchado y obedecido. Aunque su sonrisa era educada, sus labios estaban tensos, como si le costara fingir amabilidad.
—Soy Eleanor Ashford —dijo con un tono neutro pero calculado—. La madre de Damián. He querido conocerte desde que supe de los mellizos, mucho gusto, bonita.
Su voz era de esas que podrían hacerte sentir pequeña sin necesidad de alzar el tono. Había en ella una educación pulida, pero también un aire de superioridad que no intentaba disimular, además, decía «bonita», como se lo diría a un perro que se le acercó.
—Señora Ashford —respondí obligándome a sonreír, aunque dentro de mí cada alarma sonaba con fuerza—. Es un placer conocerla.
No, en realidad no era ningún placer, no me importaba, no quería saber nada de ella ni que estuviera aquí más tiempo. Es más… ¡¿Qué carajos hacía aquí?!
—Oh, el placer es mío, bonita. —Su sonrisa era una máscara perfecta, en cambio yo era de esa gente que no podía ocultar lo que pensaba, mi rostro siempre me delataba y sabía que esta no sería la excepción—. Después de todo, acabo de descubrir que tengo dos adorables nietos. No sabes la emoción que eso me produce.
No me gustaba el modo en que lo decía. Como si hablara de una adquisición, de un par de piezas más en su tablero de ajedrez. Me crucé de brazos y mantuve la distancia. Ahora veía de dónde había heredado Damián sus encantos.
—Imagino que debe ser una gran sorpresa —solté intentando sonreír, pero mi boca se convirtió en una línea torcida inspirada por el asco.
—Por supuesto —suspiró como si estuviera aliviada y soltó una risa nerviosa—. Y ahora que lo sé, quiero asegurarme de que crezcan con todo lo que les corresponde. Mi familia tiene un legado importante y debo garantizar que mis nietos sean parte de él.
—Los mellizos tienen todo lo que necesitan —respondí con firmeza, entrando a ese incómodo juego de hipocresía.

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