ANDY DAVIS
—¿Señora Davis? —preguntó la enfermera asomándose a la habitación, mientras mi pequeño Leoncito dormía y Vicky también, acurrucada en mi pecho, ambas en el cómodo sofá al lado de la cama.
Aunque le había insistido a Vicky que regresara a casa con la niñera, ella era muy cercana a su hermano y no quería dejarlo solo. También sabía que el buen humor de León dependía de la alegría de su hermana. Compartir mi vientre había formado un lazo entre ellos demasiado fuerte y no podían estar el uno sin el otro.
—¿Qué ocurre? —inquirí algo somnolienta mientras con cuidado dejaba a Vicky en el sofá. Se acomodó resintiendo mi ausencia, pero la cubrí con la mantita y fue suficiente para no romper su sueño.
—Los resultados están listos, los tiene el doctor —contestó con una sonrisa dulce—. La está esperando en el consultorio para discutirlos.
Mi corazón dio un vuelco y comencé a rogarle a todos los santos que Damián fuera capaz de salvar a León. Cuando me asomé por la puerta no solo lo vi a él, Bastián también estaba ahí, cada uno al lado contrario con gesto hostil y en completo silencio. Ambos pusieron su atención en mí casi al mismo tiempo y el aire se me escapó de los pulmones.
—Tengo que ir con el doctor… —susurré y ambos se acercaron en busca de una explicación más sustanciosa, pero la tensión y hostilidad entre ellos era notoria. Se rechazaban por inercia, como polos opuestos—. Ya están los resultados de la prueba de compatibilidad.
No esperé a que respondieran y simplemente comencé a caminar por el pasillo, directo al consultorio. Para mi mala suerte ambos iban detrás de mí, como un par de demonios con aura oscura que parecían intimidar a todos los que se atravesaban en mi camino. Cuando llegué a la puerta y toqué un par de veces, volteé a verlos, cerciorándome de que no se estuvieran agarrando a golpes.
—Señora Davis, me alegra que viniera de inmediato… —dijo el doctor y su mirada también se posó en el par de entes demoníacos detrás de mí—. Ah… pase…
—Sí, doctor, gracias —contesté agachando la cabeza al entrar, entonces lo volví a escuchar:
—Lo siento, pero me gustaría tener esta plática con el padre del niño. —De esa manera y con una mano sobre el pecho de Bastián cortó sus intenciones de que él también entrara. En un gesto desesperado levantó la mirada hacia mí, buscando algo de apoyo, pero… ¿Qué podía decirle?
—Ya escuchaste, LeBlanc —dijo Damián entrando al consultorio, chocando su hombro contra el de Bastián para apartarlo—. ¿Por qué no simplemente desapareces?
Sin pensarlo dos veces le solté un manotazo en el pecho a Damián, mientras le dedicaba una mirada cargada de reproche. No tenía derecho a hablarle así a Bastián.
—Te recuerdo que durante cinco años Bastián ha estado para mí y para los niños de manera desinteresada —refunfuñé acercándome a Bastián ante la mirada herida y molesta de Damián—. Además, no se la pasa diciendo que quiere estar conmigo cuando tiene un compromiso en puerta.
Volteé hacia Bastián, quien no apartaba su mirada de mí, al parecer conmovido por estarlo defendiendo.
—Lo siento, pero… ¿podrías cuidar de los niños? No tardaremos mucho, te lo juro —supliqué tomando su mano, sintiendo pesar por tenerlo que apartar.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Embarazada por Accidente de los Mellizos de CEO