ANDY DAVIS
Los minutos dilataron y se volvían eternos mientras Damián revisaba los papeles, uno por uno, como si fuera a cerrar un trato millonario y cada letra chiquita fuera una trampa mortal, pero… a diferencia de un contrato comercial, ese no tenía letras pequeñas y hablaba de la salud de nuestro hijo. ¡¿Por qué tenía que pensarlo tanto?!
—¡Ya firma! —exclamé tentada a presionar su mano que sostenía el bolígrafo contra las hojas. Cuando volteó levantando una ceja y sus ojos cargados de arrogancia, me sonrojé y tuve que desviar la mirada—. ¿Por favor?
—Lo haga en este segundo o a las 11:59… nada cambiará. ¿Lo entiendes? No es que vayan a someternos al procedimiento en cuanto garabatee mi firma —sentenció notando que mi ansiedad no se disipaba—. Para ser abogada me sorprende tu falta de interés en esta clase de documentos.
—¿Qué clase de trampa esperas encontrar ahí? Solo fírmalo y continuemos con esto —dije ansiosa mientras Damián torcía los ojos—. Lo haré. Solo firma —solté sin rodeos y tuve que tragar saliva.
—¿Qué harás? —preguntó escéptico, pero sabía que en el fondo ya lo sabía.
—Acepto casarme contigo cuanto antes… —respondí con firmeza y la frente en alto, sintiéndome extrañamente eufórica, cada una de mis células parecía festejar mi decisión, aunque tuviera que esconder esa reacción de Damián, no quería que se sintiera victorioso.
—¿Tienes palabra, Andy? ¿Puedo confiar en tu promesa hecha al aire? —preguntó entornando los ojos.
—Tengo palabra… —dije tajante y segura, viéndolo a los ojos para convencerlo de mi honor.
Sin dudarlo, Damián firmó. Ni siquiera leyó todo el contenido, simplemente puso su rúbrica y me miró con esa seguridad aplastante. Fue entonces cuando le solté la bomba.
—Mentí. —Me encogí de hombros y por fin liberé mi sonrisa. Antes de escuchar quejas, salí corriendo del consultorio. Escuché su maldición y la risa se me escapó de los labios. Corrí por los pasillos, esquivando enfermeras y pacientes, sintiéndome como una niña que acababa de ganar en una travesura.
Al principio creí que no me seguiría, ¿correr por los pasillos para atraparme? Eso no sería digno de un empresario tan serio y frío con una reputación impecable. ¿Por qué permitiría que lo vieran corriendo como un niño caprichoso?, pues… me había equivocado.
Cuando vi por encima de mi hombro lo vi atravesando los mismos grupos de gente, con una mirada feroz y una sonrisa que reflejaba estar seguro de poder atraparme. En vez de sentir miedo, solté una carcajada y decidí escabullirme.
Pero él siempre sabía cómo encontrarme.
Me escondí tras un árbol en el jardín, segura de que había logrado escapar. Miré a mi alrededor con cautela, apenas asomando un ojo para poder ver hacia el interior del edificio, pero no había nada de él, solo el rastro del desorden que habíamos sembrado en el pasillo.
Estaba segura de que lo había perdido, entonces me giré, lista para regresar a la habitación de mi hijo, pero Damián estaba ahí. Su cuerpo me encerró contra el tronco, hipnotizándome con sus ojos que brillaban con peligro y diversión.

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