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Embarazada por Accidente de los Mellizos de CEO romance Capítulo 35

BASTIÁN LEBLANC

Cuando abrí la puerta y vi sus rostros tan cerca, con las gotas de lluvia resbalando por sus mejillas y esa electrizante tensión entre ellos, sentí un golpe de rabia en el pecho. Quería lanzarme encima de Damián y romperle la cabeza con mis propios puños, pero me controlé. No era el momento de explotar.

Los dejé entrar con una expresión neutra, aunque por dentro hervía. Andy, aún avergonzada por el momento tomó la palabra:

—Damián es compatible con León —soltó con una gran sonrisa, buscando en mis ojos la misma emoción que a ella la embargaba—. Será su donante de médula.

No pude responder de inmediato, no podía compartir su alegría, no me sentía feliz, simplemente no podía borrar la cercanía de ellos en la puerta. Parecía que no había nada que pudiera cambiar mi estado de ánimo. Quería a León como un hijo, pero desde que conocí a Damián en persona fue como si ese amor por el niño se tambaleara. Ahora, cada vez que veía al niño, podía ver al padre intentando quitarme a la mujer que yo amaba.

Esbocé una sonrisa rígida, porque no hubo palabra que pudiera salir de mi boca. Andy ladeó la cabeza notando mi incertidumbre y cuando más presionado me sentí, Victoria me salvó:

—¡¿Escuchaste Leoncito?! —exclamó emocionada—. ¡Papá Damián te va a salvar! ¡Te dará su… ¿meluda?… ¿mudula? ¡Módulo!

La confusión de Victoria era adorable, Andy y Damián sonrieron menos yo. ¿Había dicho «papá Damián»? ¡¿Era en serio?! ¡¿Tan pronto me estaban reemplazando?! ¡Cinco años cuidándolos como si fueran míos y tan rápido me daban la espalda! Bien decían que la sangre llamaba y era obvio que los mellizos no llevaban la mía en sus venas.

—Médula… —corrigió Andy con una gran sonrisa y acarició los cabellos de su hijo—. Por fin te vas a curar. Empezarán con los preparativos para que pronto sanes y regresemos a casa.

—Papito Bastián, ¿no estás feliz? —preguntó Vicky ladeando la cabeza de la misma manera adorable que lo hacía Andy—. ¿Abracito?

Extendió los brazos hacia mí, parecía preocupada por el malhumor que ella detectó en mí. No quería ni tocarla. La tomé en brazos y su amor se sintió como una puñalada. ¿Ahora tenían dos padres? ¿Así de fácil? De inmediato la dejé sobre la cama y le sonreí, pero ya no era una sonrisa que me naciera del corazón. Ambos niños me habían defraudado.

—¿Podemos hablar? —preguntó Andy, su rostro expresaba preocupación y yo solo pude asentir.

Damián, en completo silencio, se sentó en el borde de la cama. Su mirada de águila estaba clavada en nosotros mientras nos acercábamos a la puerta, era obvio que tampoco se sentía tan seguro de ganar. Antes de que la puerta se cerrara, pude notar como los niños buscaron acurrucarse con él, un clavo más al ataúd de mi paciencia.

Andy observó la escena con ternura. Sabía lo mucho que significaban esos niños para ella, y ahora los veía aferrarse a él, cuando durante tanto tiempo yo había estado en su lugar. Apreté los puños, tragándome las ganas de arrancarlos de sus brazos.

Caminamos por el pasillo, sin alejarnos demasiado de la habitación. El silencio se volvió incómodo, estando frente a frente. Cuando ella iba a abrir la boca, no pude seguir conteniendo mi lengua:

—No quiero que cometas un error, Andy —dije manteniendo la voz suave, envolvente—. Vi la noticia. Su compromiso con esa mujer. ¿De verdad crees que puedes confiar en él? No quiero verte en la misma posición que Lynnet. La amante que terminó con todo por haberle dado hijos a un hombre como Damián.

Vi el destello de dolor en sus ojos. Impacté justo donde quería. Sus dudas eran mi mejor herramienta.

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