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Embarazada por Accidente de los Mellizos de CEO romance Capítulo 39

ANDY DAVIS

La fecha había sido fijada. La operación que salvaría a mi hijo sería en dos semanas y Damián se había ofrecido a quedarse cada día al lado de ellos hasta que el día llegara. Ante mis ojos el cambio empezó a ser evidente y extraño.

Cada noche, Bastián desaparecía sin decir nada. Al principio, no le di importancia, pero había cosas que me causaban intriga: se volvió más receloso con su teléfono, ignoraba mis preguntas con respuestas vagas, decía que estaba trabajando arduamente en nuestro bufete, pero no compartía mucho de los casos conmigo. Antes podía confiar en él con los ojos cerrados, pero ahora… ahora no sabía qué pensar.

Damián, en cambio, cada día se ganaba más a los niños. Victoria y León lo buscan con naturalidad, con confianza. Era como si siempre hubiera estado ahí, como si nunca hubiera existido esa distancia entre ellos. Me sorprendía ver lo bien que encajaban juntos. Me llenaba el corazón y, al mismo tiempo, me aterraba. Cuando no lo encontraba contándole un cuento a León, los dos acurrucados en su cama, entonces estaba jugando con Victoria en los pequeños jardines del hospital.

Así como le había dicho a Bastián que deseaba enfocarme en mi hijo, se lo dije a Damián:

—No haré nada hasta que León esté dado de alta —le dije con firmeza—. No estoy para escoger novio cuando mi hijo está enfermo.

—¿Te diste cuenta de las malas intenciones de Bastián? —preguntó de brazos cruzados y entornando la mirada.

—¿Malas intenciones? Él fue mi primer amor y cuando lo necesité estuvo a mi lado. Si alguien podría ser tachado de tener malas intenciones, eres tú —contesté levantando una ceja.

—¿Ahora resulta que yo soy el villano? —preguntó soltando una carcajada que claramente lo confirmaba—. No me molesta serlo.

—Solo te recuerdo que la chica nunca se queda con el malo —contesté torciendo y revisando el pequeño clóset donde tenía las cosas de mis hijos, entonces Damián se plantó detrás de mí y me tomó del brazo al mismo tiempo que olisqueaba mi cabello de manera disimulada.

—Puedo ser el chico bueno, si eso es lo que quieres… —susurró haciendo que mi piel se erizara. Bastián podría ser un gran hombre, pero… no podía sentir de la misma forma que sentía con Damián. Mi cuerpo temblaba con su cercanía y mi corazón se aceleraba hasta perder el control.

—Si quieres ser el chico bueno, puedes empezar por mantener tu distancia. —Giré sobre mis talones para enfrentarlo con ferocidad, marcarle un alto, que notara que no estaba jugando, que retrocediera y me dejara en paz, pero… no fue tan fácil como con Bastián.

Sus manos se posaron en mi cintura mientras sus ojos negros se clavaban en los míos. Su caos me contaminaba y me anestesiaba. Se inclinó lentamente sin desenganchar su mirada de la mía.

—¿Mantener mi distancia significa que no habrá más besos? —susurró contra mis labios antes de besarlos. Sabía que tenía que rehusarme, tenía que poner límites, pero mis manos en vez de apartarlo se enredaron en sus cabellos mientras las suyas me sostenían con firmeza—. ¿Significa que no podré sentir tu calor?

Susurró en mi oído antes de estrecharme con fuerza entre sus brazos. Era tan alto que las puntas de mis pies apenas acariciaban el suelo. Su rostro estaba escondido en mi cuello, inhalando mi aroma mientras yo cerraba los ojos y disfrutaba de la manera en la que me presionaba contra su cuerpo. Me era difícil respirar por la presión de sus brazos alrededor de mi torso, pero no me importaba, quería que me apretara cada vez más fuerte.

—Por favor, no estás haciendo esto más fácil —susurré escondiendo mi rostro en su hombro e inhalando su loción. Ahora estaba implorando porque las fuerzas me habían abandonado. Entonces por fin se separó lo suficiente para verme a los ojos, aunque sus brazos seguían enredados en mi cintura.

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