ANDY DAVIS
El procedimiento de León había sido un éxito, pero verlo tan pequeño, ojeroso y cansado en su cama me rompía el alma. Me acomodé en el sofá junto a Victoria, quien estiraba su manita para alcanzar la de su hermano, con una ternura que me hacía olvidar todo lo malo.
—Buenos días, mi Leoncito lindo —saludé en cuanto lo vi despertar—. ¿Cómo te sientes?
—Como si un camión me hubiera aplastado —refunfuñó y su pequeño cuerpo apenas se movía, como si temiera hacerse añicos—. Ya no quiero estar aquí, solo me picotean y me torturan, sin hablar de esa comida fea.
Fingió vomitar, sacando la lengua hasta que pude ver su campanilla. Aunque estaba consciente de todo por lo que estaba pasando, ver sus manitas amoratadas por el cambio de catéter constante, así como la desaparición de su pancita y cachetitos, eran un golpe tan duro que a cualquier madre destruiría. Apreté los labios y quise aguantar mis lágrimas, porque sabía que tenía que ser fuerte.
—¿Cómo amaneció nuestro campeón? —preguntó el doctor entrando a la habitación, revisando unos papeles en su tabla.
—¡Mal! ¡Ya me quiero ir! —respondió León molesto, con el ceño fruncido y cruzándose de brazos, haciendo que el doctor adoptara una postura de sorpresa fingida.
—¿Ya no nos quieres ver? —preguntó con falsa melancolía y se sentó en el borde de la cama mientras León levantaba la barbilla con orgullo en dirección contraria. Me aterraba pensar que cada día se parecía más a Damián.
—¡No! —exclamó indignado.
—Bueno… es bastante entendible, a decir verdad —soltó el doctor resignado—. Lo bueno es que pronto te daremos de alta y podrás regresar a casa. ¿Qué te parece?
—¿Se acabaron los piquetes? —preguntó León con los ojos llenos de esperanza y por fin se dignó a ver al doctor.
—Así es… —contestó el doctor mientras comenzaba a revisar los signos vitales de mi bebé.
—¿Y los medicamentos? —insistió León siguiendo al doctor con la mirada.
—Sí, algunos. —El doctor parecía cada vez más enternecido con la vocecita rota y suplicante de mi pequeño.
—¿Y la comida? ¿Ya no me darán esos potajes raros e insípidos? —Ese era el verdadero tormento de mi pequeño.
—Pronto todo eso se acabará, campeón… Lo hiciste muy bien. —El doctor acarició los cabellos rubios de León, quien volteó hacia nosotras con la cara llena de ilusión.
—¡¿Escuchaste mami?! —Pude notar que sus ojos se estaban llenando de lágrimas.
De inmediato me senté en el borde de la cama y junto con Victoria lo abrazamos y llenamos de besos. ¡Cómo me estaba costando mantenerme firme! Las lágrimas amenazaban con caer de mis ojos.
—Aun así, tendrán que visitarme… Hay que hacer chequeos para confirmar que la enfermedad está remitiendo —susurró el doctor, específicamente para que yo lo escuchara y en completo silencio asentí.
Invadida por la paz de que todo parecía dar un giro positivo, busqué mi celular y noté que no había recibido ninguna llamada ni mensaje de Bastián. Me sorprendió, pero no me ofendió. Pobre… debía de estar trabajando tanto.
Cuando planeaba mandarle un mensaje, él se me adelantó: «Ya voy para allá. Te veo en la habitación de León. Disculpa por tardar».
—¿Papá está bien? —preguntó Victoria viéndome con esos enormes ojos azules que tanto adoraba.
—Iré a ver si sigue vivo —contesté saliendo de la cama mientras mis pequeños reían—. Quédense aquí, no tarda en llegar Bastián, ¿está bien?

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