BASTIÁN LEBLANC
Decidí que tenía que retomar mi vida lo mejor que pudiera, así que me fui directo al hospital, con la mente nublada, el cansancio pesando sobre mis hombros, pero con la determinación de ver a Andy y demostrarle que aún éramos una familia. Me dirigí directo a la habitación de León, esperando encontrarla allí, pero en su lugar, me recibieron las voces alegres de los niños.
—¡Bastián! —exclamó Victoria al verme, corriendo a mi encuentro para abrazarme. León, desde la cama, también me sonrió, aunque su expresión denotaba cansancio.
—¿Cómo te sientes, Leoncito? —pregunté revolviéndole el cabello con suavidad. No podía evitar encontrar en su rostro todas las similitudes con Damián, pero sus ojos, de ese azul tan intenso, seguían siendo de Andy.
—¡Peor que ayer! —exclamó e hizo un puchero encantador—. Me duele mi cuerpecito y tengo náuseas... pero el doctor dijo que pronto estaré mejor y podré volver a casa —agregó con una pequeña y cansada sonrisa.
—Verás que te sentirás mejor. Eres un niño muy valiente —le aseguré con voz serena. Miré alrededor, reafirmando la ausencia de Andy. —¿Dónde está su mamá?
—Salió hace unos minutos, dijo que iba a ver a papá —informó León sin darle demasiada importancia, pero esas palabras me hicieron apretar la mandíbula—. Dijo que iría a ver si seguía vivo.
Los niños compartieron una risita divertida que cubrieron con sus manitas.
—¿A dónde iremos después, cuando salgamos del hospital? —intervino Victoria, su carita reflejando una leve preocupación—. ¿Volveremos a casa contigo o iremos a la de papá?
Su inocente comentario fue como un puñal en mi pecho. A él lo comenzaban a llamar papá mientras a mí me olvidaban, después de cinco años de estar al pie del cañón con ellos. Era como si no importara que hubiera estado con ellos cuando aprendieron a caminar, cuando dijeron sus primeras palabras, cuando se rasparon las rodillas al jugar, ¿qué había pasado con todo eso? Damián me lo estaba quitando poco a poco.
No dejé que mi rostro delatara la furia que hervía en mi interior. Me agaché a su altura, manteniendo una expresión calmada y paternal.
—Regresaremos a casa, los tres —les aseguré con firmeza—. La presencia de Damián en sus vidas fue momentánea, solo volvió porque León lo necesitaba, pero las cosas pronto volverán a la normalidad.
Victoria frunció el ceño, no muy convencida de mi respuesta.
—Pero él dijo que no nos abandonaría —insistió—. Es nuestro verdadero papá y quiere estar con nosotros.
Respiré profundo, buscando la manera correcta de sembrar la duda en su mente sin que notaran mis intenciones. Victoria era tan inteligente como su madre.
—Aunque no quiero hablar de esto, creo que tarde o temprano deben de enterarse —solté con resignación y suspiré apesadumbrado antes de poner mi mano sobre su pequeño hombro—. Desde antes de que ustedes nacieran, Damián no quería saber nada de ustedes —murmuré en un tono de confidencia—. En realidad, no los quiere. Solo está aquí porque León enfermó y su madre lo presionó para que lo ayudara, pero en realidad no le interesa tener ningún papel en su vida. Cuando salga del hospital, él seguirá con su vida.
León, que me había escuchado en silencio, empezó a sollozar con tanto dolor que por un momento me arrepentí, pero ya no podía seguir soportando que Damián me arrebatara todo. No quería que cuando él se fuera con Mindy, ellos lloraran y suplicaran que regresara. Quería que lo odiaran de la misma manera que yo lo hacía.
—Pero... no quiero que se vaya, él dijo que no se iría… —balbuceó el pequeño con lágrimas en los ojos que recogía con sus puñitos.
Victoria también lloraba, pero en su mirada había una chispa de resistencia y su boca no liberaba ningún sollozo.

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