DAMIÁN ASHFORD
Por fin me habían dado de alta y la necesidad de hablar con Andy antes de dejar el hospital me carcomía el alma. Con cada segundo que pasaba, la ansiedad aumentaba. Quería llevarme a los niños y a ella de regreso a casa, a Estados Unidos, donde realmente pertenecíamos, pero aquí tenían su vida, sería una conversación difícil. ¿Podría ser yo quien se quedara? ¿Podrá iniciar de cero con ella aquí, en Francia? Sin embargo, cuando llegué a la habitación de León, ella no estaba allí. En su lugar, encontré a Victoria y a León, quienes me recibieron con una energía extraña, demasiado contenidos, demasiado callados para ser ellos.
—¿Dónde está su mamá? —pregunté fijándome en sus miradas esquivas. Victoria entrelazó sus deditos sobre su regazo, pensativa, viéndome con recelo. Era como si todas esas barreras que me había abocado a derribar en esas últimas semanas volvieran a estar de pie.
—Está resolviendo el papeleo de León —respondió con un hilo de voz y agachó la mirada.
—Ah… entiendo… —susurré mientras me hincaba ante ella y sus ojitos se rehusaban a verme—. ¿Todo está bien?
Los mellizos se dedicaron miradas cargadas de dudas e incertidumbre, era como si estuvieran discutiendo de manera telepática, excluyéndome completamente.
Cuando estaba a punto de confrontarlos, mi celular vibró en mi bolsillo. Revisé la pantalla y encontré una serie de mensajes de Andy. «Tienes una hora para llegar a tu habitación de hotel. Te estoy dando más tiempo del que necesitas, así que no te puedes quejar», su mensaje iba acompañado de un «emoji» coqueto. «No te preocupes por los niños, conseguí que Bastián cuide de ellos mientras discutimos nuestro futuro, señor Ashford». La sorpresa se transformó en un fuego ardiente en mi pecho cuando abrí la foto adjunta. Lencería roja sobre las sábanas de la cama, champagne y un par de copas. Y una frase que hizo que todo mi mundo se enfocara únicamente en ella: Un nuevo comienzo para nosotros.
Una sonrisa ladeada se dibujó en mi rostro. Esto era lo que necesitábamos. Un momento para nosotros, sin preocupaciones, sin sombras del pasado. Pero antes de irme, miré a Victoria, quien aún parecía debatirse internamente. Por mucho que me causara ilusión tener a Andy sobre esas sábanas usando lencería, había descubierto que mi corazón tenía otro compartimiento especial, dedicado solo a mis mellizos. Creo que se le llama responsabilidad paterna, y parece ser más poderosa que la lujuria.
—¿Qué pasa, princesita? —pregunté con suavidad, inclinándome hacia ella—. ¿Qué ocurre? ¿Ya no me quieres?
Victoria pareció sorprendida por mi pregunta y comenzó a negar con la cabeza de manera enérgica mientras sus ojos brillaban de esa manera que auguraba lágrimas.
—¡No es eso! ¡Yo…! —se detuvo en medio de su frase y entonces volteó hacia León, quien observaba desde lo alto de su cama.
—No lo digas… —intervino León sin apartar la mirada de su hermana, advirtiéndole en voz alta ya que al parecer sus pensamientos no estaban tan conectados como esperaba, pero Victoria se mordió el labio con duda y luego pareció tomar valor.
—Papá, yo… —comenzó, pero antes de que pudiera continuar, una figura apareció en el umbral de la puerta, dejándola en completo silencio.
Era Bastián.
Su mirada se endureció al verme y su presencia pareció helar el ambiente. Cuando giró la cabeza hacia los niños, estos se quedaron completamente inmóviles. No parecían temerosos, más bien confundidos, indecisos.

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