ANDY DAVIS
Me quedé estática viéndolo irse, sin explicaciones ni intenciones de justificarse. Parecía que solo había venido a golpear a Bastián. De pronto sentí un par de manos cálidas sobre mis hombros, era Bastián que parecía sentir lástima por mí. Me dirigió al interior del departamento y me sentó sobre el cómodo sofá.
—¿Por qué saliste así? —preguntó viendo mi sábana y resoplé mientras mi párpado inferior temblaba—. La gente va a pensar que nos interrumpieron teniendo intimidad.
De inmediato me avergoncé y desvié la mirada.
—Con que ambos sepamos que no pasa nada entre nosotros, supongo que es suficiente —sentencié y noté la tristeza en su rostro—. Me iba a bañar, pero se fue el agua caliente. Entonces escuché el alboroto, quise ponerme algo, pero la ropa que tenía sobre la cama había desaparecido y después escuché el golpe. Solo tuve tiempo para ponerme la sábana y ver qué era lo que ocurría.
Su rostro herido me llenó de dolor. ¿Qué le pasaba a Damián? ¿Por qué había actuado de esa forma? Tomé la cara de Bastián entre mis manos y me horrorizó el daño que había recibido.
—Tenemos que ir al hospital… —susurré apenada y negando con la cabeza.
—Tranquila, no es la primera vez que un tipo como Damián me rompe la cara —contestó con media sonrisa—. Tiene suerte de que no lo vaya a demandar por lo que me hizo. No podría hacerlo y agrandar el daño para ti y los niños. Sabes que son mi prioridad y no haría nada que empeorara las cosas.
De nuevo ahí estaba su dulzura y caballerosidad, esa que no era suficiente para llenar mi corazón. Me quedé en completo silencio, pensando y lamentándome en silencio. Me sentía decepcionada de no recibir explicaciones, de no ser el motivo de la visita de Damián. La manera en la que salí para defender a Bastián podía tomarse a mal y estaba consciente de eso, pero… ¿en verdad importaba?
—¿Mami? —preguntó Leoncito saliendo de su habitación. Cuando lo vi por encima de mi hombro, noté que llevaba algo en sus manitas. Era parte de mi ropa. Detrás de él Victoria veía desconcertada mis pantalones entre sus manos.
—¡Mi ropa! —exclamé y me levanté del sofá.
—Bueno, ahora sabemos quiénes fueron los responsables de esa pequeña travesura —soltó Bastián como si fuera algo tierno y gracioso, pero mis mellizos fruncieron el ceño, indignados.
—¿Por qué tienen mi ropa? —pregunté hincándome ante ellos.
—No lo sé… estaba en mi habitación —respondió Victoria entregándome mis pantalones—. No entiendo como llegó.
—Niños, no deben de mentirle a mamita. Si querían hacerle una broma, solo tienen que decirlo —dijo Bastián con una bolsa de guisantes congelados en la cara.
—¡No fue una broma! —exclamó León furioso—. Nosotros no tomamos tu ropa, mamita.
—Qué raro, si no fueron ustedes, ¿entonces cómo llegó la ropa de Andy a sus cuartos? —preguntó Bastián con paciencia, como cada vez que los quería hacer pensar en sus propias acciones.

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