ANDY DAVIS
Antes de que pudiera preguntar más, el bullicio a nuestro alrededor cesó y se convirtió en un murmullo expectante. Vi rostros de colegas, jueces, abogados, personas que admiraban a Bastián, y que esperaban ansiosos mi reacción. ¿Qué estaba pasando? ¿Cómo era posible que todos estuvieran reunidos en ese momento de manera tan coordinada? Me ericé como lo haría un gato acorralado, pero me obligué a comportarme relajada, sin embargo, mi sonrisa nerviosa no ayudaba.
—La primera vez que te pedí matrimonio, no tenía nada digno para ofrecerte. —¡Ay no! No me gustaba la frase con la que había empezado Bastián. Abrí la boca, pero se me retorció el estómago de manera dolorosa cuando se hincó frente a mí y sacó una pequeña caja aterciopelada. Sentí que me iba a desmayar, pero no de emoción—. Ahora que todo está mejor, quiero hacerlo bien. Andy, ¿quieres casarte conmigo?
El aire se atascó en mi garganta. Mi mente se nubló, pero mis sentidos estaban agudizados. Vi el destello del anillo, la expresión confiada de Bastián, las miradas de los demás y, para colmo, la niñera con mis hijos entre la multitud. Todo esto estaba planeado. Había caído en una trampa sin darme cuenta.
Mi primera reacción fue la incertidumbre. Mi corazón no saltó de emoción ni mis ojos se llenaron de lágrimas de felicidad. En cambio, sentí una profunda tristeza. No era un acto de amor puro, era un acuerdo. Una transacción. Tan fría y seria como el contrato que habíamos firmado para crear el bufete.
Bastián sería un buen padre, de eso estaba casi segura. Él nos había protegido, había estado ahí cuando más lo necesitábamos. ¿No era suficiente? Tal vez el amor romántico no era para mí. Tal vez debía conformarme con estabilidad y seguridad.
El peso de las expectativas cayó sobre mí. Me sentía presionada. No podía humillarlo ante tanta gente y mi silencio era ya demasiado largo. Respiré hondo y asentí.
—Sí —solté casi en un susurro, pero todos me escucharon.
Los vítores explotaron alrededor mientras mi párpado comenzó a temblar como siempre que me estresaba. Algunos lanzaron pétalos de rosas y otros aplaudieron.
Sentí el anillo deslizándose en mi dedo, me causaba urticaria. Luego, los brazos de Bastián rodeándome y su beso selló el pacto. Nunca había sido afecta a sus labios, pero en ese momento sentí el estómago revuelto.
Nos alejamos juntos, tomados de la mano. La niñera nos siguió con los mellizos, pero cuando miré a Victoria y León, noté algo en sus ojos. No estaban felices. Estaban incómodos. Como si sintieran lo mismo que yo: que algo aquí estaba mal.
Bastián, con su habitual ternura, se inclinó para hablarles:
—Por fin seré su padre de verdad. Los cuidaré como lo he hecho hasta ahora, con todo mi corazón. —Sonaba sincero, pero sus palabras solo hicieron que mi corazón se retorciera aún más, porque en el fondo sabía que no era lo que yo quería, aunque pareciera que era lo mejor que me podía pasar.
¿Por qué se sentía tan mal hacer lo correcto?
—Comenzaré a ver la manera para adoptarlos y que tengan mi apellido —agregó Bastián y mi cuerpo tembló.
—¿Tu apellido? —pregunté sorprendida. ¿En verdad quería adoptarlos?
—Sí, además, si vamos a tener más hijos, creo que sería bueno que todos se apellidaran igual —respondió con una gran sonrisa, estaba tan feliz, pero yo no compartía ese sentimiento.

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