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Embarazada por Accidente de los Mellizos de CEO romance Capítulo 65

ANDY DAVIS

Esa noche, en el refugio de ese «chalet», nos dejamos llevar. Fue un momento solo nuestro, donde no existía el pasado ni el futuro, solo la calidez de nuestros cuerpos y el roce de nuestras pieles. Damián fue cuidadoso, como si temiera que me desvaneciera en cualquier momento, pero también fue apasionado, como si hubiera esperado demasiado por esto. Y, en cierta forma, yo también lo había hecho.

Con un silencio cargado de complicidad y electricidad, nos desnudamos mutuamente, descubriéndonos con besos y caricias, con el crepitar del fuego como único sonido a parte del roce de nuestros cuerpos y nuestras respiraciones agitadas.

El calor del fuego era opacado por el que generaban nuestros cuerpos. Damián me hizo sentir lo que nunca sentí en brazos de otro hombre. Me estremecí con cada uno de sus movimientos, mis oídos disfrutaron de sus gruñidos que se volvían cada vez más graves y profundos conforme se adentraba en mí.

El primer orgasmo entre sus brazos terminó de romper las cadenas. Me sentí libre de amarlo y de entregarme cada vez con más pasión. Disfruté de su piel, de sus labios y la manera en la que me amaba. Lloré y sonreí, cada uno de mis sentimientos estaba a flor de piel y él los besó, uno por uno, mientras me hacía suya sin descanso hasta que mi cuerpo ya no pudo más.

Desperté al alba con su brazo rodeando mi cintura y su respiración contra mi cuello. Me giré y lo vi con los ojos cerrados, relajado de una forma que pocas veces le había visto. Parecía tan vulnerable y al mismo tiempo aún conservaba la ferocidad que lo caracterizaba.

Me acurruqué en su pecho, escuchando su suave respiración y su corazón. Era tan hermoso, cada latido parecía hecho para mí. Entonces sus dedos comenzaron a recorrer mis brazos, acariciándolos con apenas las yemas de sus dedos.

—No quería despertarte… —susurré sin saber muy bien lo que pasaría ahora. Estábamos desnudos sobre la alfombra. La chimenea se había apagado sola y lo único que me cubría era su camisa, que liberaba ese fuerte aroma de su loción que tanto me encantaba.

—Y yo siento que aún estoy soñando —contestó con un tono de voz escéptico que apenas era un murmullo—. Prométeme que, si me muevo, no vas a desaparecer.

Sonreí e intenté levantarme, apoyándome en su pecho. Mi cabellera revuelta acarició su rostro. Sus ojos me vieron con fascinación y su mano se esmeró en despejar mi rostro, queriendo verme mejor.

—Eres tan hermosa… —susurró para sí mismo. Con un movimiento grácil, se sentó, recargándose en el sofá, al mismo tiempo que me tomó por las caderas, haciendo que me sentara sobre él a horcajadas.

No pude evitar ruborizarme mientras mi cuerpo me recordaba que aún estábamos desnudos. Sin que pudiera decir nada más, me besó, y sus brazos me rodearon, atrapándome en un firme abrazo mientras su boca me arrancaba el aliento, pero justo en ese instante, un golpe en la puerta nos hizo sobresaltarnos.

Damián gruñó contra mi boca.

—Ignóralo —murmuró con voz ronca.

Otro golpe, más insistente, me dijo que quien estuviera del otro lado de la puerta no planeaba rendirse. Me puse de pie y me cubrí con su camisa rápidamente antes de abrir la puerta. Había una chica delgada de cabellos castaños, con los ojos rojos delatando que había estado llorando, pero aún tenía su dignidad intacta.

—¿Andy Davis? —preguntó con voz firme, pero al final se quebró.

—Soy yo… ¿Quién eres? —Fruncí el ceño, sintiéndome extrañada.

—Rachel Monroy —respondió Damián desde el sofá. Cuando volteé ya tenía los pantalones puestos y las mandíbulas apretadas.

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