CAMILLE ASHFORD
Entré a la habitación con el peso de la noche sobre mis hombros. La imagen de Damián mirando a Andy con tanta devoción seguía clavada en mi mente, como un eco de algo que yo jamás había tenido y, aunque lo negara, siempre había deseado. Recordé a mi padre y cómo solía mirar a mi madre, con esos pequeños gestos que solo ahora entendía como amor genuino. O tal vez solo era una farsa bien ensayada, como todo en nuestras vidas. Fuera lo que fuera, me encontré con una punzada de anhelo absurdo.
¿Qué se sentía ser mirada de esa forma, ser deseada no solo con el cuerpo, sino con el alma?
Suspiré y di un paso hacia el interior. La habitación se sentía tan vacía, incluso más oscura de lo común. Al parecer había comenzado a acostumbrarme a la presencia de Damián, ese gruñón empedernido y cabeza hueca.
Pensé que después de la muerte de mi madre había quedado completamente sola, pero había descubierto que aún tenía familia. ¡¿Quién lo diría?! Vine con estandarte de guerra, pero Damián me tendió la mano y no solo me dio lo que venía buscando, sino también una amistad algo inusual.
Cuando busqué con la mirada el sofá para dejarme caer… algo más llamó mi atención.
Un imponente arreglo floral sobre la mesa de centro. Unas rosas enormes, del doble o triple de tamaño que una rosa normal, además su color era de un rojo tan intenso que incluso algunas parecían de un negro aterciopelado. Eran flores tan hermosas como amenazantes.
La sangre se me heló en las venas. No sentí emoción, ni dulzura, solo un escalofrío que me recorrió la espalda como una advertencia. Conocía bien ese tipo de gesto. Era una firma. Un recordatorio.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente, escaneando la habitación con la cautela que aprendí al trabajar tanto tiempo en el infierno. ¿Estaba sola? ¿Era solo una advertencia o una presencia acechante? Me acerqué lentamente al arreglo, sintiendo un nudo formarse en mi estómago. Allí, entre los pétalos y ese aroma dulce y a hierba recién cortada, sobresalía una pequeña tarjeta.
«Te extraño», decía con una caligrafía perfecta. Mi piel se erizó al instante. Con los dedos temblorosos, giré la tarjeta y leí el mensaje al reverso: «Ya es hora de pagar tu deuda».
Mi piel se erizó y mi cuerpo fue sacudido por un suave temblor. La tarjeta se deslizó de mis dedos y me di cuenta de que algo pegajoso se había quedado en mi piel, una clase de miel que froté con curiosidad entre mis dedos, intentando descubrir su origen… y entonces, lo supe. Intenté dar un paso atrás, pero el mundo comenzó a girar a mi alrededor. Mis piernas se sentían pesadas, mis párpados ardían. Maldición. Había caído en la trampa.
Traté de quitarme los restos de ese viscoso veneno de los dedos, frotándolos contra mi vestido, pero ya era tarde. Me aferré a la mesa, jadeando, intentando encontrar equilibrio mientras mi visión se tornaba borrosa. Y entonces lo escuché. Unas pisadas suaves, seguras. La elegancia en el sonido del roce de suela contra la alfombra. No necesitaba verlo para saber quién era.
La sombra se alzó frente a mí, impecable como siempre. Un traje hecho a medida, negro como la noche. Rostro oculto bajo una tela fina que velaba su identidad, unas gafas oscuras y el sombrero ladeado con estudiada despreocupación. Su presencia llenaba la habitación como un veneno lento, intoxicante.

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