CAMILLE ASHFORD
El suave roce del lino contra mi piel adormecida fue lo primero que sentí. Abrí los ojos con dificultad, sintiéndome aún mareada, era como si mis párpados hubieran sido pegados. La habitación estaba en penumbras, pero el aroma familiar me despertó antes que la conciencia: esa mezcla oscura y refinada de madera, cuero y algo especiado que me hacía estremecer sin saber por qué. Era su loción.
Parpadeé lentamente, aún sumida en la neblina del sopor, y me removí en la cama. Mi cuerpo pesaba como si me hubieran arrojado una manta invisible que me impedía moverme con soltura. Entonces lo vi.
Mi Benefactor estaba sentado con la espalda recta en un sillón de cuero en la esquina de la habitación, con sus ojos ocultos tras esas gafas oscuras que nunca se quitaba, sentía su mirada clavada en mí con la intensidad de un cuchillo rozando mi piel.
El aire se volvió más denso. Cada fibra de mi ser gritaba que debía huir de allí, pero ni siquiera tenía fuerzas para levantarme de la cama. Mi corazón latía a un ritmo desbocado. Sabía que estaba en peligro. Mi benefactor no era un hombre común.
Tragué saliva y lo miré, tratando de mantener la calma mientras sentía cómo su mirada me diseccionaba.
—¿Qué vas a hacer conmigo? —murmuré con un hilo de voz, apenas capaz de mantenerme erguida.
El silencio inundó la habitación. Él seguía observándome como si yo fuera un rompecabezas que intentaba resolver. Me ardía la piel bajo su escrutinio.
—Te pagaré el dinero. Todo. Cada centavo. Con intereses si es necesario… Te lo dije antes y lo sostengo. —Me senté con esfuerzo en el borde de la cama. No sabía si estaba rogando o negociando, pero tenía que decir algo, cualquier cosa, para romper esa tensión asfixiante. Su silencio me estaba enloqueciendo.
Seguía sin hablar, solo me miraba con esa calma helada que era más aterradora que cualquier grito o amenaza.
Cuando mi madre empeoró y necesitaba llevarla a un hospital, él pudo interpretar mi miedo y mi tristeza a través de mis miradas evasivas y mi rostro deslavado de sentimientos. No tardó en ofrecerme todo el dinero que yo necesitara, el cual acepté con algo de recelo. Ese día consideré que, aunque sabía que era un monstruo, había algo humano aún dentro de él, pero ahora no estaba muy segura.
—Gracias… por lo que hiciste —añadí tratando de sonar firme, aunque mi voz temblaba. No podía dejar que viera mi miedo—. Gracias por darme el dinero para que mi madre recibiera atención médica.
—No fue suficiente para que sobreviviera —al fin habló. Su voz era un susurro profundo, melodioso y mortal.
La crudeza de su respuesta me atravesó como una bala. No parecía apenado, ni molesto, solo… reflexivo. Como si estuviera evaluando un hecho inevitable.
Me mordí el labio inferior y bajé la mirada, intentando tragarme el nudo que se formaba en mi garganta.
—No importa —dije en voz baja—. Gracias a ti, mi madre tuvo una muerte piadosa. Murió en paz, sin dolor, en una cama cómoda. Eso es lo que cuenta.
Él inclinó ligeramente la cabeza, como si considerara mis palabras, y mi estómago se retorció víctima del nerviosismo.

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