CAMILLE ASHFORD
El sonido de la puerta cerrándose tras él aún resonaba en la habitación cuando sentí que mis piernas por fin cedían. Me dejé caer en la cama con el corazón martillándome el pecho. Lucien Blackwell. El nombre seguía reverberando en mi mente, cargado de promesas oscuras y amenazas veladas.
—¡¿Por qué?! ¡¿Qué hice?! —por fin pude levantar la voz, pero era tarde, él ya no estaba para escucharme—. Yo no hice nada.
»No quiero ser tuya.
El pensamiento me quemaba como un hierro al rojo vivo, pero no tuve tiempo de procesarlo. Apenas me había acomodado cuando dos mujeres irrumpieron en la habitación. Ambas llevaban uniformes oscuros y modales rígidos.
—Levántate —dijo la mayor de ellas, sin siquiera mirarme a los ojos.
La más joven, en cambio, me lanzó una mirada compasiva mientras me ayudaba a ponerme en pie. Sus dedos eran suaves pero firmes, como si supiera que me temblaban las piernas.
—Tienes que bañarte y prepararte antes de que regrese, señorita —susurró mientras me conducía hacia una puerta al fondo de la habitación.
—¿Prepararme? ¿Para qué? —pregunté, aunque en el fondo ya lo sabía.
La joven evitó mi mirada, pero la respuesta estaba escrita en su expresión tensa.
—El señor tiene un temperamento… volátil. Si no estás lista cuando vuelva, podría enfurecerse. Es mejor que hagas lo que dice —explicó apenas en un murmullo.
Un escalofrío recorrió mi columna. Sabía lo que significaba «estar lista». No tenía que ser muy inteligente para entender lo que estaba a punto de ocurrir.
La joven sirvienta me guio hacia un amplio cuarto de baño decorado con mármol negro y grifos dorados. El vapor ya llenaba el aire y la bañera estaba lista, con agua perfumada que desprendía un delicado aroma a jazmín.
Me desnudé en silencio y me sumergí en el agua caliente, tratando de ignorar el temblor en mis manos. Mientras las sirvientas lavaban mi cabello y perfumaban mi piel, me concentré en respirar. Inhalar. Exhalar. No podía pensar en lo que estaba a punto de suceder. No podía permitirme el lujo de tener miedo.
Mi cuerpo brillaba con aceites perfumados y mi cabello caía en ondas húmedas sobre mis hombros. Me sentía vulnerable, como si hubieran despojado cada capa de protección que me quedaba.
Entonces lo vi, sobre el colchón, cuidadosamente extendido, había un conjunto de lencería negro de encaje. Era delicado, casi transparente, y tan revelador que me sonrojé solo de mirarlo.
—¿Es… necesario? —pregunté en voz baja.
La joven sirvienta asintió.
—Sí. Debes ponértelo antes de que él regrese.
Mi garganta se cerró, pero hice lo que me pedían. Me puse el conjunto con dedos temblorosos y traté de ignorar el escalofrío que recorrió mi cuerpo cuando el encaje rozó mi piel.
Apenas había terminado de ajustarme los tirantes del brasier cuando la puerta se abrió de nuevo.

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