ANDY DAVIS
Bastián fue arrestado, el juez Monroy ni siquiera le dio oportunidad de poner un pie fuera del salón cuando ya estaba esposado y entrando a una patrulla. Creí que ahí acabaría todo y que era el inicio de mi paz, pero… no fue así.
—Lo lamento, pero el bufete se tendrá que… «congelar» por tiempo indefinido —soltó el juez aparentemente apenado.
—¿Cómo? —pregunté tragando saliva con la garganta seca, entonces sacó de entre sus ropas un sobre manila que me ofreció con pesar.
—Solicité una auditoría… Quiero saber de dónde salió cada centavo y donde fue a parar. Quiero comprobar que Bastián no solo jugó con ustedes, sino que tal vez estuvo involucrado en alguna malversación de fondos o algún caso ilegal —agregó el juez con esa actitud ceremoniosa.
—Quiere hundirlo, encontrar hasta el mínimo motivo para destrozarlo —respondí entre dientes y entornando los ojos—. Aunque eso signifique congelar mi vida también.
—Puedes apelar mi orden, si eso es lo que deseas —agregó sabiendo que sus decisiones me costarían muy caro—, pero no somos enemigos en esto. Me gustaría recibir tu apoyo para que las cosas se resuelvan más rápido.
—Por «apoyo» se refiere a no obstaculizar la investigación —contesté desganada mientras veía como la patrulla se alejaba llevando a Bastián lejos de mi vida.
—Solo quiero que pague… por ti y por Rachel… —susurró el juez Monroy y entonces volteé hacia su hija, escueta, vulnerable y temblorosa, con la mirada perdida y aún llorando en silencio. Era la imagen de una novia rota—. Cuando termine de revisar y cuestionar a cada empleado del bufete, prometo que yo mismo te ayudaré a disolver la sociedad que formaron. Dejando todo el negocio en tus manos. Solo te pido tiempo y paciencia.
Asentí fingiendo comprensión. No podía negar que me desesperaba que, pese a que Bastián estaba fuera de mi vida, lo que hizo aún causara eco.
El resto del día fue un borrón, tuve que regresar al departamento donde había pasado más de cinco años viviendo con él y darme cuenta de que tenía que encontrar otro lugar. Le pedí a Damián espacio, tenía que pensar en todo lo que vendría y cómo lo afrontaría. Tenía a dos niños que cuidar de los daños colaterales.
—Tendremos que empacar… Nos vamos a mudar —dije rompiendo el silencio, viendo ese lugar lleno de recuerdos.
Mis mellizos explotaron de emoción, ellos estaban ansiosos por empezar una nueva vida, pero yo tenía algo de miedo. Ni siquiera sabía a donde nos mudaríamos, pero estaba segura de que lo haríamos al día siguiente, no quería pasar más tiempo ahí.
***
La mañana nos descubrió empacando. El ruido de las cajas siendo arrastradas por el piso me puso los nervios de punta. Ya había perdido la cuenta de cuánto tiempo llevábamos cargando el camión de mudanza, pero mis brazos empezaban a resentir el esfuerzo.
—¡Mami, mira! ¡Ya metimos todos los peluches! —gritó Victoria desde la puerta, arrastrando su mochila mientras su hermano venía tras ella con una expresión de triunfo y un dinosaurio de peluche bajo el brazo.
Y justo ahí estaba mi motivo para sonreír. Ver a mis bebitos ayudándome me motivaba a empezar esta nueva vida con optimismo. Solo tenía que ver sus sonrisas gentiles y sinceras, sus miradas profundas y cargadas de cariño, y esos cachetitos rellenitos que me daban ganas de llenar de besos. Mis hijos eran lo más hermoso que la vida me había dado y me recargaba de energía escucharlos.
Les hice un gesto de aprobación antes de agacharme a cerrar una caja que había dejado a medias. Aún quedaban libros desperdigados por el suelo cuando la voz de Victoria irrumpió de nuevo, pero esta vez mucho más emocionada:
—¡Papá!
Mi corazón dio un vuelco. Levanté la mirada justo a tiempo para ver a los mellizos lanzándose como torbellinos hacia Damián. Los recibió con los brazos abiertos y una sonrisa que podría haber derretido un «iceberg». Los besó en las mejillas y los alzó en el aire como si no pesaran nada.
—¡Pero miren quiénes están aquí! ¿Cómo están mis gatitos? —Damián parecía tan lleno de alegría y energía como yo cuando estaba con los mellizos.

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