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Embarazada por Accidente de los Mellizos de CEO romance Capítulo 75

DAMIÁN ASHFORD

Instalar a Andy y a los niños en el «chalet» había sido un movimiento calculado para estar más cerca de ellos, pero también un salto de fe. Todo lo que había hecho hasta ahora tenía un solo propósito: demostrarle a Andy que mis intenciones eran reales. Ahora, observando cómo los mellizos corrían por la sala, riendo y gritando de alegría, no podía evitar sentir que el esfuerzo había valido la pena.

León y Victoria estaban en su elemento. Subían y bajaban las escaleras, se escondían detrás de los sofás y trazaban caminos invisibles en el jardín. De un momento a otro el lugar pasó de estar deshabitado a estar cubierto de peluches y juguetes, así como de risas y una extraña sensación de calma dentro de ese caos que mis pequeños creaban.

Era la primera vez que los veía tan libres, tan genuinamente felices.

Andy, de pie en el umbral de la habitación principal, los miraba con una expresión que mezclaba alivio y nostalgia. Su perfil era hermoso, iluminado por la suave luz de la tarde. Sin pensar, me acerqué y ella murmuró:

—Los últimos días, cuando aún estaban con Bastián, no se comportaban así. —Noté como la tristeza quebró las últimas palabras—. Ellos insistían en que se había convertido en un monstruo. No lo entendía. —Entonces suspiró y cruzó los brazos sobre el pecho—. Si tú no hubieras clavado esa duda en mi corazón, quizá nunca habría descubierto la verdad.

Nuestros ojos se encontraron, y algo pasó entre nosotros en ese instante, una corriente silenciosa, ese magnetismo que parecía exigir que nos acercáramos cada vez más. Antes de que pudiera responder, ella sonrió ligeramente.

De pronto los mellizos pasaron corriendo tras ella, riendo con complicidad. Algo traían entre manos. En el último momento, León empujó ligeramente a Andy, haciéndola tropezar hacia mí. La sostuve con firmeza, mis manos rodeando su cintura, y sentí cómo su respiración se aceleraba. Antes de que pudiera reclamar, la puerta se cerró de golpe tras nosotros, dejándonos congelados.

—¿León? ¿Victoria? —preguntó Andy con duda y se acercó a la puerta—. ¿Niños?

Cuando intentó girar el pomo, este no cedía, parecía que los niños tenían algo del otro lado que bloqueaba la puerta. Sabía bien que podía golpear con el hombro hasta que esta se abriera, pero consideré que no era innecesario, solo era una pequeña travesura de mis niños.

—¡León, Victoria, abran esta puerta ahora mismo! —exclamó indignada—. ¡No es divertido!

Del otro lado se escucharon risitas y la voz clara de Victoria:

—¡No tiene que ser divertido, tiene que ser romántico! —exclamó mi pequeña y más risitas se escucharon.

Ese par de cupidos estaban haciéndome un favor.

—¿Romántico…? —Andy parecía escéptica y me volteó a ver como si no entendiera, encontrándose con mi media sonrisa—. Damián, diles algo…

—Bien, niños, ustedes tienen el control. ¿Qué es lo que quieren a cambio de nuestra libertad? —pregunté mientras me recargaba en la puerta, con los brazos cruzados.

Escuchamos silencio, después cuchicheos y risitas. Estaba valorando sus demandas antes de que León levantara la voz:

—¡No la abriremos hasta que se den un beso!

La indignación de Andy fue inmediata. Se giró hacia mí con el ceño fruncido, pero antes de que pudiera decir algo, los niños agregaron al unísono:

—¡Y queremos verlos salir tomados de la mano!

—¿Cuándo se convirtieron en secuestradores? —se preguntó Andy, apretando los labios indignada y sorprendida.

—No hay mucho que podamos hacer —dije encogiéndome de hombros mientras ocultaba una sonrisa—. Y creo que lo que piden es justo.

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