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Embarazada por Accidente de los Mellizos de CEO romance Capítulo 77

ANDY DAVIS

Entrar al bufete fue como caminar directo a la boca del lobo. Todo estaba patas arriba: papeles desordenados, empleados con expresiones tensas y murmullos de conversaciones que cesaban apenas me acercaba. Cada mirada furtiva me recordaba que el escándalo de Bastián había caído sobre mí como una nube oscura.

Me parecía injusto que yo también tuviera que pagar de cierta forma lo que él había hecho.

El caos era palpable, y a medida que avanzaba entre los escritorios, la presión en mi pecho se intensificaba. La noticia de que el juez Monroy había delegado nuestros casos en otros bufetes cayó sobre mí como una losa. Era injusto, pero ¿qué podía hacer? No había marcha atrás. Solo podía ver el caos y esperar a que el barco no se hundiera por completo.

Cuando mi secretaria me dio los pormenores, que no eran muchos dada la falta de trabajo, decidí que no podía pasar más tiempo ahí. La pregunta que todos tenían en mente flotaba en el aire de manera molesta… ¿Habría despidos? ¿Estábamos arruinados? Solo el tiempo lo diría.

Con una sonrisa apenada y la mirada cabizbaja, me disculpé antes de salir del edificio con los hombros caídos y el corazón pesado, arrastrando los pies como si el suelo fuera arena movediza.

Quería sentarme en la banqueta y dejar que el tiempo pasara. Por suerte teníamos un lugar donde vivir, pero… ¿qué había de lo demás? Colegiaturas, comida, uniformes, y otros servicios. Por suerte Damián estaba con nosotros, pero mi orgullo me gritaba en la cara que no quería depender de él. Entonces lo vi. Damián estaba plantado frente a mí, con ese porte seguro que me hacía sentir que todo podía estar bien, aunque el mundo estuviera en llamas.

—¿Qué haces aquí? —pregunté casi en un susurró mientras me acercaba a él con el miedo de que solo fuera un espejismo.

—Sabía que me necesitarías —dijo suavemente, como si hubiera leído mi mente—. En cuanto supe que querías venir al bufete sabía que no podía dejarte sola.

Antes de que pudiera responder, acarició mi mejilla con ternura, y ese simple gesto derritió parte de la frialdad que llevaba dentro.

—¿Te apetece almorzar? Hay un restaurante cerca que he querido probar desde que llegué aquí. —Me sonrió de manera gentil y me di cuenta de que el hombre frente a mí no era el mismo que conocí. Había cambiado.

Asentí en silencio y sonreí, dispuesta a seguirlo.

***

Cuando nos sentamos a la mesa, saqué mi bolso para buscar el teléfono y encontré un pequeño papel doblado. Estaba escrito con crayola y no pude evitar sonreír: Dile a papá que te gusta su corbata. Sacudí la cabeza divertida, sabiendo perfectamente quién era el autor del mensaje.

—Me gusta tu corbata —dije de inmediato y tuve que contener mi risa.

Damián frunció el ceño, confundido. Bajó la mirada y posó su mano sobre el pecho.

—No llevo corbata —respondió ladeando la cabeza, esperando una explicación.

—Lo sé. —Entre risas, le mostré el papelito. Entonces lo vi buscar en el bolsillo de su saco y sacar otro papel doblado. Lo leyó en voz alta con una sonrisa:

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

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