DAMIÁN ASHFORD
Esperaba a Andy desde hacía más de una hora. El almuerzo que había pedido se estaba enfriando en la mesa, la botella de vino abierta, las copas servidas… todo estaba listo para cuando ella llegara, pero no aparecía, y el silencio del «chalet» me estaba comiendo vivo.
Aunque habíamos decidido ir despacio, también habíamos aceptado hablar con los niños para explicarles que mamá y papá comenzarían una relación. Era una sorpresa, pero tanto Andy como los mellizos no llegaban y comencé a sentirme ansioso.
La había llamado un par de veces, pero el teléfono siempre saltaba directo al buzón. No respondía. ¿Debía empezar a preocuparme?
Exhalé un suspiro pesado, apoyando las manos en la encimera mientras trataba de calmar la ansiedad que me mordía por dentro. ¿Y si había cambiado de opinión? ¿Y si después de nuestra noche juntos había decidido que no estaba lista? Tal vez yo me había dejado llevar demasiado… tal vez todavía tenía dudas.
La incertidumbre me retorcía el pecho. Sabía que Andy había bajado la guardia conmigo, que se había entregado a mí en cuerpo y alma. Y yo me había entregado a ella. Pero… ¿y si después de reflexionar lo había visto como un error?
No era la primera vez que desaparecía de mi vida como si fuera solo humo. La misma sensación que tuve en esas ocasiones donde escapó de mí, volvió a apoderarse de mi pecho. ¿Hasta qué punto debía de pensar en que me había abandonado? ¿Cuándo podía comenzar a sospechar que estaba en peligro y me necesitaba o simplemente tenía un retraso?
Estaba tan absorto en mis pensamientos que no me di cuenta de que Camille llevaba al menos diez minutos dando vueltas como un animal enjaulado. Caminaba de un lado a otro por la sala, mordiéndose el labio inferior y revisando su teléfono cada dos segundos, como si esperara un mensaje que no llegaba.
La observé en silencio, frunciendo el ceño.
Desde que había llegado al «chalet», Camille no había sido la misma. Aunque con los mellizos era una explosión de amor y parecía llevarse bien con Andy, yo la conocía un poco mejor. Estaba más callada, más distraída… más nerviosa. Cada vez que sonaba su teléfono o alguien llamaba a la puerta, daba un salto como si la hubieran electrocutado.
Y justo en ese momento donde yo era un manojo de nervios, ella estaba peor.
—Camille… —llamé suavemente, tratando de no asustarla más de lo que ya estaba.
Ella se detuvo en seco y me miró con los ojos muy abiertos, como si acabara de darse cuenta de que yo estaba ahí.
—¿Sí? —preguntó con una voz demasiado aguda para ser la suya.
—¿Estás bien? —di un paso hacia ella, preocupado—. Pareces… alterada. Más de lo normal.
Camille tragó saliva y bajó la mirada, fingiendo ajustar la manga de su blusa.
—Estoy bien —respondió, pero su tono era poco convincente—. Solo… he estado un poco cansada, eso es todo. Supongo que volverme millonaria de la noche a la mañana fue demasiado.
Intentó sonreír, pero no me lo creí ni por un segundo, pero antes de que pudiera insistir, miró su reloj y soltó un pequeño grito ahogado. Ahora no solo estaba ansiosa, sino también angustiada.
—¡Los mellizos! —exclamó llevándose una mano a la frente—. Andy me pidió que los recogiera de la escuela y ya es tarde.

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