ANDY DAVIS
El «chalet» estaba en silencio cuando llegué. Abrí la puerta con cuidado, intentando no hacer ruido. Me sentía abrumada, cansada. Dejé las llaves sobre la mesita de entrada y me quedé quieta un segundo, escuchando. El olor de la comida me llegó enseguida, suave y delicioso. Todo estaba preparado: un mantel blanco impecable, dos copas de vino, una botella abierta… y la comida servida en los platos, enfriándose.
Mordí mi labio, sintiendo una punzada de culpa. Había llegado tarde.
Busqué a Damián con la mirada, estaba escurrido en el sofá, profundamente dormido, con la cabeza recargada en el respaldo y los labios entreabiertos mientras sus cabellos rubios colgaban. Su teléfono todavía estaba en su mano. Parecía que había estado esperando hasta que el cansancio lo venció.
Me acerqué despacio, sin hacer ruido, y lo observé con atención.
Incluso dormido, era impresionante. Había algo en su rostro que siempre me cautivaba, algo que iba más allá de su belleza masculina. Era la forma en que su expresión se suavizaba cuando dormía, como si la fiera que vivía dentro de él también se calmara y le diera un respiro.
Me senté sobre la mesa del centro, frente al sofá y, sin poder evitarlo, llevé la mano a su rostro. Acaricié su mejilla con suavidad, trazando el contorno de su mandíbula con la punta de mis dedos. Su piel era cálida bajo mi mano, y su respiración tranquila y profunda.
Mi corazón se aceleró, las mariposas en mi estómago se desbocaron. Era un momento tan… asombroso. Poder acercarme tanto y acariciar el rostro de una fiera como él, y saber que no corría peligro.
Lo amaba.
La verdad se deslizó en mi mente con una claridad que me dejó sin aliento. Lo amaba con devoción. Lo amaba más de lo que jamás había amado a nadie… y eso me aterraba. Porque cuando amas así, cuando entregas tu corazón por completo, también te vuelves vulnerable.
Aun así, no podía evitarlo. Quería quedarme. Quería arriesgarme, aunque me asustara.
Entonces, algo en su teléfono llamó mi atención. La pantalla seguía encendida, mostrando imágenes de anillos de compromiso. Eran hermosos, elegantes… y carísimos. Las joyerías más exclusivas de París.
Sonreí sin poder evitarlo, sintiendo una calidez dulce y reconfortante en el pecho. ¿Estaba planeando pedirme matrimonio?
—¿Te gusta alguno? —preguntó de repente con una voz ronca y somnolienta.
Di un pequeño salto, sorprendida. Levanté la mirada y me encontré con los ojos de Damián, que me miraban con una mezcla de ternura y diversión.
—Me atrapaste —murmuré con una sonrisa nerviosa. Damián se incorporó un poco y dejó el teléfono a un lado.
—Es difícil encontrar el anillo perfecto cuando tú eres tan especial —dijo en voz baja, con ese tono profundo y cálido que siempre me derretía por dentro—. Ninguno parece suficiente.
Sentí que el corazón me daba un vuelco. Me acomodé en su regazo sin pensarlo dos veces, envolviendo su cuello con mis brazos. El calor de su cuerpo parecía darle la señal al mío de encenderse y desear más que solo caricias.
—Me gusta esta versión romántica y dulce de ti —susurré mirándolo a los ojos.
Damián sonrió, y su expresión cambió, volviéndose más seria.
—Pensé que me habías abandonado otra vez —admitió acariciando mi espalda con suavidad, haciendo que un escalofrío muy placentero recorriera mi columna vertebral—. Tardaste en llegar y… pensé que habías cambiado de opinión.
Negué de inmediato.
—Nunca volvería a huir de ti, Damián. No esta vez. Tengo más motivos para quedarme que para irme —aseguré ansiosa porque me creyera, pese a nuestro pasado.
Él me miró fijamente, con una intensidad que me dejó sin aliento. Tomé su mano y la llevé a mi pecho, justo donde mi corazón latía con fuerza por él.

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