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Embarazada por Accidente de los Mellizos de CEO romance Capítulo 82

ANDY DAVIS

El ambiente en el «chalet» se volvió tenso. Las palabras de Camille se quedaron flotando entre nosotros y causando eco. Damián, que segundos antes me había abrazado con dulzura y estaba emocionado por un futuro juntos, ahora estaba de pie frente a Camille, con el ceño fruncido y los ojos oscuros brillando con una mezcla de indignación y desconcierto.

De nuevo estaba ahí el hombre dominante y malhumorado que había conocido en un principio.

—¿Por cuánto tiempo planeabas ocultarme esto? —Su voz era grave, baja, pero cargada de reproche.

Camille suspiró, cruzándose de brazos, mientras detrás de ella los mellizos jugaban en el jardín, con juguetes que no había visto antes, de seguro patrocinados por su tía consentidora.

—No es algo que haya querido ocultarte, solo… no encontraba el momento adecuado para decírtelo —soltó Camille encogiéndose de hombros, queriendo minimizar la situación, pero su rostro era un rompecabezas que aún no lograba descifrar.

—¿El momento adecuado? —Damián soltó una risa seca—. ¿Y cuándo sería eso? ¿Cuándo naciera el niño y apareciera en la puerta con su padre?

Yo miré a Camille, que se removió incómoda bajo la intensidad de su mirada. Su respiración se volvía más fuerte, parecía quedarse sin aire mientras luchaba por estar bajo control.

—¿Quién es el padre? —insistió Damián, con voz profunda y gutural. Camille levantó su mirada hacia él y abrió la boca, pero se cayó y su cuerpo se estremeció.

—No lo conoces… —respondió en un susurro.

—¿Quién es el padre, Camille? ¡¿Con quién carajos te vas a casar?! —preguntó Damián comenzando a perder la paciencia.

Chasqueó la lengua, desesperado por el silencio de su hermana y sus miradas evasivas.

—¿Por lo menos puedes decirme dónde carajos lo conociste? —Su tono fue un poco más suave y condescendiente, aunque en realidad solo estaba escondiendo la furia que no había desaparecido.

Camille tragó saliva antes de responder:

—En mi trabajo. —Cerró los ojos después de soltar un suspiro, esperando que Damián explotara.

—¿Tu trabajo? —repitió Damián con sarcasmo amargo—. Camille, tu trabajo era un burdel.

La confesión golpeó el aire como un trueno, dejándome helada.

Mis labios se entreabrieron en sorpresa, y sin poder evitarlo, miré a Camille, buscando en su rostro una negación, una explicación… pero ella solo bajó la mirada, en silencio.

Había tanto que no sabía de ella.

—¡Un maldito burdel! —gritó Damián como si ya no pudiera seguir guardándolo en su pecho—. ¿Qué ocurre? ¿Un día se te acercó y te dijo que te sacaría de trabajar, te dio la misma promesa de borracho pervertido que sueltan todos en esa clase de lugares? ¡Responde, Camille! ¡Entre más callas, más me sacas de mis casillas!

—¡No hay nada que explicar! —respondió Camille con los ojos brillando—. Me voy a casar con él, se llama Lucien, lo conocí en el burdel y… ya me entregó el anillo y todo.

Sacó de su bolsillo una pequeña bolsita de terciopelo de la que obtuvo un anillo de compromiso bastante lindo. Tenía un diamante de tamaño considerable, lo que me hacía pensar que ese tal Lucien no era cualquier hombre, solo uno con el dinero suficiente para ofrecer una joya digna de un magnate como lo era Damián.

Cuando parecía que la discusión aumentaría de volumen, dos pequeñas figuras irrumpieron en la sala. Eran mis bebés, curiosos por los gritos.

—¡Papá! —La vocecita temblorosa de Victoria me llenó de alerta.

Los mellizos se quedaron en la entrada, observando con preocupación. León fruncía el ceño con el gesto serio que había heredado de Damián, mientras Victoria se mordía el labio, al borde de las lágrimas.

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