ANDY DAVIS
Mis ojos se posaron en Bastián, quien estaba sentado en su camastro, dentro de la celda, escondido en las sombras, usando su overol de recluso y con una actitud demasiado relajada para la situación que estaba viviendo.
Mi cabeza se llenó de preguntas, pero la más constante era: ¿Por qué había aceptado venir?
Bastián era un capítulo pasado que no quería volver a leer. Tal vez me había movido la curiosidad, tal vez quería tener una oportunidad más para decirle lo desagradable que era como persona… pero me inclinaba más por la curiosidad, pues había sido una semilla que comenzaba a crecer cuando me di cuenta de que su computadora tenía un sistema de seguridad tan especializado que ni el banco más protegido poseía.
¿Qué guardaba ahí? ¿Qué escondía?
Mientras nadie pudiera desencriptar la contraseña y acceder a todos sus documentos, el juez Monroy seguiría con su pie en el cuello del bufete, sin dejarme trabajar, sin disolver la sociedad y darme el control completo del negocio. Tenía abogados, secretarias y demás empleados que necesitaban de ese lugar, que dependían de un salario que yo ya no podía seguir dando, y mi desesperación iba en aumento.
—¿Qué es lo que quieres, Bastián? —pronunciar su nombre me generó escalofríos. Cada vez que lo escuchaba un viejo recuerdo afloraba en mi memoria. Su mirada gentil, su sonrisa perfecta, la manera en la que parecía ser el hombre perfecto y entonces estaba la realidad, todo había sido una ilusión.
—¿Ni siquiera vas a preguntar cómo estoy? —preguntó divertido, cruzado de brazos, sus ojos resplandecían como los de un animal en la penumbra—. Me imagino que tú estás muy feliz con tu nueva vida. El hombre que te perseguía y que tanto odiabas, ahora es el indicado, el que siempre habías esperado, ¿cierto?
Se recorrió en su camastro, acercándose con emoción, como un niño que espera descubrir que le trajeron de regalo.
—¿Él sabe que estás aquí? ¡El gran señor Ashford, ¿sabe que su amada «panterita» vino a verme!? —Parecía saber la respuesta sin necesidad de que yo la dijera y eso le divertía—. No, claro que no. No te hubiera dejado.
—¿No me hubiera dejado? —pregunté indignada. ¿Insinuaba que yo debía pedir permiso?
—¡Por favor, Andy! Ya no tenemos que mentirnos más. ¿No crees? —Su sonrisa se hizo más grande mientras descansaba las palmas de sus manos sobre el colchón, recargándose en ellas con apatía—. Ya no hay apariencias que guardar. El juego terminó… Así que dejemos de fingir que los hombres como él solo tienen buenos sentimientos y no un sentido de posesividad algo enfermizo.
—No me hagas perder el tiempo… Si lo que querías era burlarte desde la comodidad de tu celda, mejor metete tus intenciones por el…
—¡Andy! ¡Esa boquita! —exclamó divertido antes de levantarse y entre risas—. Por favor, solo quiero algo… una sola cosa.
—¿Me quieres pedir un favor? ¿Es en serio? —pregunté confundida y retrocedí mientras mi mano se aferraba al asa de mi bolso. Aunque quería mostrarme firme como siempre, había algo en la actitud de Bastián que me intimidaba.
—¡Qué inteligente! Siempre me asombras —contestó con burla mientras se recargaba en los barrotes de la celda—. Quiero volver a ver a Rachel. Quiero… estar con ella, de nuevo. Quiero una segunda oportunidad.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Embarazada por Accidente de los Mellizos de CEO