RACHEL MONROY
Llegué a mi departamento, sí, ese mismo que sería donde viviríamos Bastián y yo cuando nos casáramos. Ese en el que dediqué mi tiempo, mi dinero y mi amor. Forcé una sonrisa al saludar a los vecinos y el personal de servicio, mientras caminaba como la abogada exitosa y con un futuro prometedor que se suponía que era.
Fingí que todo estaba bien, como siempre, pero al llegar a mi departamento y cerrar la puerta detrás de mí, el nudo en mi garganta regresó con fuerza.
Todo en él estaba diseñado para un futuro que nunca existió. Lo había decorado con la esperanza de que Bastián y yo lo llamáramos hogar, pero pocas veces él aceptó venir. Cada rincón me recordaba los años desperdiciados, los sueños construidos sobre cenizas.
Mi mirada se posó de nuevo en ese espacio vacío en mi dedo y recordé aquel día en la cafetería donde solíamos vernos. Me despidió rápidamente y, mientras yo me marchaba, él se quedó, argumentando que tenía que ver a alguien muy importante, un socio de negocios.
Esa fue la primera vez que vi a Andy. Estaba sentada en esa mesa en el balcón. Bastián llegó hasta ella y la vio de una forma que nunca me había visto a mí. El auto que me llevaría a casa arrancó y la imagen de ellos dos juntos no me abandonó en mucho tiempo, aun así, lo justifiqué, porque creí que me amaba y que no haría nada para lastimarme. Ahora sabía que estaba reencontrándose con su amor de juventud mientras a mí me relegaba a un papel secundario.
El dolor se acumuló en mi pecho hasta que me derrumbé en el suelo, abrazándome a mí misma, dejando que las lágrimas corrieran sin control. Quería mantener la frente en alto y decir que no me dolió, que salí victoriosa, invicta, que estaba feliz de haber esquivado una bala y tenía el resto de mi vida por delante, para encontrar a alguien que si me amara y me diera mi lugar, pero la realidad era muy diferente, por dentro me consumía cada vez que estaba sola, entre más oscura la noche, más profundo mi dolor.
¿Cuánto tiempo pasaría hasta que esto dejara de doler? ¿Cuándo podría voltear hacia atrás y no sentir nada?
Levanté mi alma del suelo y llegué hasta el balcón donde estaban ese par de sillas de mimbre, mi última adquisición. Aún recordaba como me imaginaba sentándome ahí con él, compartiendo un café al mismo tiempo que disfrutábamos de la vista.
Fue entonces cuando noté la flor en la mesita entre las sillas.
Me quedé paralizada. Me acerqué con curiosidad y el corazón acelerado. La tomé con cuidado y vi una nota junto a ella. Reconocí la letra de Bastián.
«Felicidades, Rachel, por terminar la universidad. Me siento muy orgulloso de ti.
Te extraño.
Siempre tuyo, Bastián».
Tragué saliva, ocultando mi frustración, mientras iba a la cocina, tomaba el encendedor del cajón, manteniéndolo a centímetros de la nota. Quería quemarla, pero mis manos no reaccionaban, solo temblaban. Las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos mientras apretaba los dientes.
—¡Maldito hijo de puta! —grité furiosa como siempre que me daba cuenta de que él seguía siendo parte de mi vida, aunque yo no lo quisiera.

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