ANDY DAVIS
Me quedé en completo silencio, viendo a ese tal Lucien Blackwell. Era un hombre atractivo, no lo podía negar, con esos ojos hipnóticos, fríos y crueles. Todo en él te daba la impresión de peligro. Como tener directamente enfrente a la muerte disfrazada.
Sacó de un sobre el acta de matrimonio y la sostuvo ante los ojos de Damián, pero como bien cabía esperar, Damián ni siquiera le prestó atención. Su mirada estaba fija en Lucien. No le tenía miedo, por el contrario, de nuevo había dejado su máscara de padre y compañero dulce, por la del hombre de negocios feroz, egoísta y despiadado que conocí, ese que siempre obtenía lo que quería y en caso de no hacerlo, era capaz de incendiar el mundo.
Era como ver dos fuerzas de la naturaleza intentando mantener la distancia, sabiendo que chocar entre ellas podría suponer el fin del mundo. Fue entonces cuando bajé la mirada y me puse a leer el documento. Había sido firmado con la fecha de hoy y eso no era lo peor.
—¿Dónde están mis hijos? —pregunté con voz entrecortada y levanté mi mirada hacia Camille.
—Están arriba… —susurró apenada. Podía notar que nada de esto le gustaba.
—Por favor, llévame a ellos —supliqué tomándola de las manos, dejando que lágrimas falsas se juntaran en el borde de mis ojos.
De pronto Camille volteó hacia Lucien y mi corazón dio un vuelco. ¿Esperaba su aprobación? Conocía a Camille, sabía que la misma arrogancia que corría por la sangre de Damián, también fluía por sus venas, pero en ese momento parecía que no tenía el control sobre ella misma y que se lo había entregado a Lucien.
—Llévala… pero no tardes —contestó por fin Lucien. Antes de que pudiera pasar algo más, Camille me tomó por la muñeca y me llevó escaleras arriba en completo silencio, mientras mi mirada no dejaba de regresar hacia Damián, que parecía cada vez más ansioso por golpear a Lucien.
Entramos a la habitación de los niños. Parecía vacía hasta que de pronto la puerta del clóset se abrió súbitamente y mis pequeños salieron corriendo del interior. Estaban muy asustados y en cuanto mis rodillas tocaron el piso, ellos se lanzaron a mis brazos.
—Lo siento —susurró Camille viendo la escena con los ojos llorosos, pero fingiendo estar bien—. No quise que se asustaran.
—¡Tía Camille, estás bien! —exclamó Victoria corriendo hacia ella y de un momento a otro los cuatro estábamos sobre la alfombra, compadeciéndonos en silencio.
Entonces cubrí los oídos de León, quien estaba sobre mi regazo, me incliné hacia Camille y murmuré:
—¿Sabes lo que firmaste? —pregunté entornando los ojos, queriendo ver más allá de su confusión.
—¿Un acta de matrimonio? —respondió con otra pregunta mientras ella también cubría los oídos de Victoria con sus manos.

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