CAMILLE ASHFORD
Salí del cuarto con los ojos enrojecidos, pero sin ninguna lágrima, mientras que mi corazón latía desesperado y mi mente iba a mil revoluciones por minuto. Lo que me había dicho Andy se había clavado en el centro de mi cerebro y no dejaba de escucharla. Había cometido un error y ahora sabía cuál era la urgencia de Lucien por casarse conmigo. Quería todo lo que yo había adquirido, era más que obvio, pero… ¿por qué?
Bajé las escaleras lentamente, Andy se quedó en el barandal, viendo todo como una espectadora más. Lista para correr hacia Damián o hacia los niños, todo dependía de lo que ocurriera.
Ya no había miedo dentro de mí, solo determinación y parecía que Lucien se dio cuenta en cuanto volteó hacia mí y notó que mis manos ya no temblaban.
—No voy a dejar que te vayas de esta casa… —susurró Damián con firmeza.
—Es mi esposa —contestó Lucien levantando una ceja y con una sonrisa que parecía augurar su victoria.
—Es mi hermana… —refunfuñó Damián y se acercó un paso más—. No dejaré que ella se vaya hasta que mi equipo jurídico revise ese documento.
»¿Crees que puedes venir y hacer lo que quieras solo por tus bolas? ¿Crees que tus hombres plantados en mi jardín me dan miedo? —siseó aún más iracundo.
—Deberían… —contestó Lucien antes de suspirar profundamente—. Eres un hombre con mucho que perder, en cambio yo, ya no tengo nada. ¿Crees que es seguro apostar?
De pronto Damián sonrió como si las palabras de Lucien le dieran gracia.
—Es por eso que yo soy más peligroso que tú —contestó con orgullo—. Yo haré lo que sea para defender lo que tengo. Tengo un motivo para hacerlo. Intenta tocar a mis hijos, a mi mujer o a mi hermana y no me importa lo que pase conmigo, solo sé que dedicaré cada segundo de mi vida a hacerte suplicar por la muerte.
»En cambio tú pareces la clase de hombre que ya no tiene nada por qué luchar.
Noté como Lucien entrecerró los ojos y sus mandíbulas se tensaron. ¿Damián había tocado fibras sensibles en él? Lo único que sabía en ese momento era que tenía miedo. Confiaba en la ferocidad de mi hermano, pero al mismo tiempo tenía miedo de perderlo y de que, a su vez, él perdiera a su familia.
—Damián… Si me voy con él es porque quiero —contesté rompiendo el silencio entre los dos—. Nadie me está presionando para hacerlo.

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