LUCIEN BLACKWELL
Ignoré lo mejor que pude sus sollozos y me obligué a mantener la mirada clavada en la ventana, pero en el reflejo podía verla, tenía la apariencia de un ángel en desgracia, con esos mechones rubios cayendo por sus hombros y su hermoso rostro consumido por la tristeza, hasta que de pronto su dolor cesó.
La vi por el rabillo del ojo, tenía las mejillas surcadas por lágrimas frescas que aún nacían desde sus párpados cerrados. Estaba dormida y, por primera vez en mucho tiempo, me dolió.
No debería doler. No después de todo. No después de lo que le hizo a Anna. Pero dolía igual.
Saqué el pequeño colguije, lo único que me quedaba de Anna, atado al último botón de mi chaleco y escondido en mi bolsillo. Lo abrí y entonces vi nuestra foto. Ella se veía tan hermosa y sonriente, me abrazaba con todas sus fuerzas. El corazón se me rompió.
«Nunca me gustó esta vida para ti», había dicho hacía mucho tiempo. «Me encantaría que encontráramos otro camino, juntos. Nuestra vida no debe de terminar de la misma manera que comenzó: en tragedia».
Negué con la cabeza y volví a guardar el dije. Me dolía ver a Camille llorar de esa manera, pero más me dolía haber perdido a Anna por su culpa. Era una cuestión de principios.
Llegamos al hangar donde nos esperaba el avión privado que nos sacaría de París. Regresaríamos a donde todo comenzó y una vez ahí, no solo haría que Camille se arrepintiera cada día de arrebatarme a la mujer que más he querido en la vida, sino que al final, pasara lo que pasara con ella, me quedaría con cada centavo que había logrado arrancarle a Damián.
—Así que esta es la famosa ruiseñor —dijo Nadia Makarov con veneno en la voz, observando a Camille como si fuera basura.
Se acercó con claras intenciones de bajarla de mis brazos de un jalón, pero mi cuerpo reaccionó antes, retrocediendo y girando para que se encontrara directamente con mi espalda. No había planeado proteger a Camille, pero lo había hecho, como si mis músculos no hubieran necesitado pedirle permiso a mi cerebro.
Un silencio incómodo se plantó entre Nadia y yo. Ella era la mejor amiga de Anna, y compartía mis deseos por cobrar venganza. Deseaba ver correr la sangre de la misma forma que yo, y mi reacción no la había complacido.
—Pensaba quedarme unos días para terminar de acomodar todo —susurró y entornó los ojos con desconfianza—, pero creo que lo mejor será que regrese contigo a Estados Unidos.
—No será necesario —contesté de inmediato, tajante, como si el hecho de que me arrebatara tiempo en soledad con Camille fuera un problema.
—¿Seguro que todo está en orden? —preguntó entornando los ojos y acercándose un poco más.
—Todo está en orden… —respondí con mal humor—, pero eso es algo que no te importa. Te recuerdo que el que manda aquí soy yo y no tengo que darte explicaciones.
—Lo sé —contestó suavizando su gesto y mostrándome esa dulce sonrisa cargada de veneno—. Hazla infeliz, Lucien. Quiero que suplique. Que llore hasta desear estar muerta.
»Recuerda que ella nos quitó a Anna de la manera más cruel. No te atrevas a tenerle piedad.

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