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Embarazada por Accidente de los Mellizos de CEO romance Capítulo 94

CAMILLE ASHFORD

—¡Arriba! ¡Levántate! —exclamó una voz femenina algo cascada mientras la cama parecía estar en medio de un terremoto.

Apenas abrí los ojos cuando alguien ya me había tomado del brazo y sacado de entre las sábanas de un tirón. Tuve que sujetarme de la mesita de noche para no caer. Entonces me di cuenta de quien me había despertado con tanta energía.

—¡Ya son las seis de la mañana y no puedo entender como sigues holgazaneando! —gritó la mujer en mi cara, entrada en años, bastante corpulenta, y se estaba aprovechando de que mi cerebro aún no comenzaba a trabajar—. ¡Qué vergüenza de mujer!

De nuevo me tomó del brazo y me arrastró hacia el baño, dejándome caer en una tina, con todo y ropa. El agua helada fue lo que necesitaba para terminar de despertar. Aunque intenté salir, la mujer puso su mano en mi cabeza, manteniéndome dentro.

—No habrá agua caliente para ti si sigues despertándote tarde —siseó mientras se limpiaba las manos en su mandil blanco.

—¡¿Por qué me está haciendo esto?! —exclamé lidiando con el tiritar de mi mandíbula mientras luchaba por quitarme la ropa ya mojada.

—No porque vayas a compartir la cama con el amo Lucien significa que vamos a tolerar que empieces con tus labores a la hora que se te ocurra —soltó con rudeza mientras daba media vuelta—. Tienes cinco minutos para tomar tu baño y alistarte. Te estaré esperando abajo para darte tus tareas del día. Y ni se te ocurra que podrás desayunar. Ya vas tarde.

Me quedé pasmada dentro de la tina, ya no percibía lo frío del agua, sino de la situación.

De alguna manera terminé de bañarme y cuando salí había un uniforme de sirvienta sobre la cama. Era obvio que esperaban que me lo pusiera, pero dentro de mí tenía la esperanza de que tuviera otra opción. Busqué en el clóset y dentro de los cajones, pero no había nada de ropa femenina y ponerme la ropa de Lucien no parecía conveniente.

Sintiéndome… humillada, fastidiada y con hambre, salí de la habitación y bajé las escaleras. Noté a las demás mujeres que compartían el mismo uniforme apuradas, limpiando y organizando todo.

—¡Date prisa, niña! —exclamó la misma mujer chasqueándome los dedos frente a los ojos.

—¡Tengo una duda! —grité tan fuerte como ella, llamando su atención y la del resto de la servidumbre. Levanté mi mano, mostrando el anillo que tenía en mi dedo—. ¿Porqué tengo que estar bajo tus ordenes si soy la esposa de tu amo? No tengo problemas en limpiar junto con ustedes, pero…

—Qué seas mi esposa no te da ningún privilegio en esta casa… —respondió el mismísimo Lucien quien caminaba con elegancia y esa mirada fría y carente de sentimientos que me causaba un retortijón de estómago—. Solo eres la sirvienta que me dará placer por las noches, pero de ahí en fuera, no tienes mayor valor que cualquiera de las uniformadas.

Los murmullos inundaron el lugar. Toda la servidumbre me veía con burla y con una sonrisa retorcida. Eso solo me puso furiosa. Me acerqué a Lucien con paso decidido, pero eso no lo sorprendió y mucho menos lo intimidó.

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