LUCIEN BLACKWELL
—Es un hueso duro de roer, señor —dijo mi ama de llaves recargada en el marco de la puerta de mi despacho, con la mirada perdida a través de la ventana—. No es una chiquilla caprichosa que provenga de una cuna de oro. Se nota que sabe usar una escoba.
—El dinero le llegó después… —susurré mientras veía el reloj en mi muñeca y suspiré cansado—. ¿Ya terminó?
—Sí, señor… —contestó con el mentón en alto—. Cada labor que le he encomendado la ha realizado casi a la perfección.
—¿Ya comió? —pregunté queriendo fingir que no me importaba.
—No, señor —respondió mi ama de llaves con suficiencia y entornando los ojos—. Aunque no es una inútil, no significa que haya sido rápida en sus labores y se perdió su horario de comida.
No pude evitar sentir un retortijón en mi estómago. ¿Era piedad? ¿Culpabilidad? Rechiné los dientes queriendo contener mi molestia.
—Llévala a mi habitación, que coma algo, que se dé un baño y que se ponga la lencería para esta noche. No tardaré en subir —ordené sintiéndome miserable y de nuevo saqué el dije de mi bolsillo.
Anna había sido mi luz en este camino de oscuridad y siempre me había dicho que, por muy feo que se pusiera todo, yo debía de guardar aunque fuera una última pulgada de humanidad, pero… ¿cómo podía conservarla después de su muerte, cuando ella era mi humanidad?
Cerré los ojos con fuerza antes de por fin levantarme de mi asiento y comenzar a caminar de un lado a otro, recordándome que esto era algo de justicia. Que Camille se merecía cada desprecio y humillación que yo le diera. Que esto solo era una probada de lo que vendría.
Sin poder seguir esperando, decidí subir a mi habitación al cabo de una hora. No me importaba si estaba vestida, bañándose o comiendo, quería… necesitaba, verla.
Mi gesto frío y molesto hizo que nadie me dirigiera la palabra en mi andar. Abrí la puerta de golpe y comencé a buscar con la mirada. Había una combinación extraña de olores: los aceites con los que Camille se había preparado para mí y el aroma a comida caliente.
Entonces la vi ahí, en la cama, dormida.
La charola con comida descansaba intacta sobre la mesa de noche, mientras que ella roncaba suavemente. Desde donde estaba se veía tan hermosa como un ángel, con sus cabellos dorados desparramados sobre las almohadas, luciendo únicamente un conjunto de lencería roja que acariciaba de manera deliciosa su piel y sus pechos se movían al ritmo de su respiración.
Decidí acercarme con sigilo. No quería que el sonido de mis pasos la despertara. Entonces una nueva punzada atenazó mi corazón. Sus manos estaban llenas de pequeñas heridas y enrojecimientos, producto de los químicos que usó para limpiar y el esfuerzo de realizar sus labores. Cuando seguí observándola, noté esas marcas rojas en sus brazos. Tanto los dedos de mi ama de llaves, como los míos, amenazaban con provocarle verdaderos moretones y derrames en su piel tan suave.
Mi deseo estaba por los suelos, y una presión aplastante no me dejaba respirar. Con cuidado envolví su cuerpo con una sábana y esa noche decidí que ella podía quedarse con la cama, yo preferiría dormir en mi despacho, aunque sabía que en realidad pasaría la noche bebiendo, intentando mantener mi mente desconectada y obligándome a enfocarme en no cambiar de intención.
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