CAMILLE ASHFORD
—¡Es una perra sarcástica que merece un buen escarmiento! —exclamó Nadia al notar que, pese a la furia de Lucien por mis palabras, él no parecía querer hacer nada.
—Sí, supongo que merezco un escarmiento —contesté sin desviar mi mirada del turquesa de sus ojos—. ¿Lo harás? ¿Me lastimarás un poco más? Te recomiendo la cara o las piernas, mis brazos están molidos, tengo moretones en ellos con la forma de tus dedos.
»Hazlo… pégame, te doy el gusto, pero déjame te advierto algo: me darás el primero, pero el segundo ya no. Sé quién eres… sé lo que haces… y estoy consciente de que matarme no te será difícil, pero te juro que me llevaré algo de ti a la tumba, un ojo, una oreja, un dedo, lo que sea para que te acuerdes siempre de mí y de que no todas las personas que te rodean están para complacer tus putos berrinchitos de m****a.
Si con algo había nacido, y ni mi propia madre me había quitado al criarme, era la maldita soberbia y orgullo dentro de mi corazón.
Esperé pacientemente y mientras el odio crecía en la mirada de Lucien, el mío brotaba de mi pecho queriendo ahogarme. Los segundos se volvieron eternos y parecía que estábamos en una competencia para ver quien era el primero en retroceder, pero ninguno daba un paso atrás.
—¡Suficiente! Yo me haré cargo… bebé o no —dijo Nadia y cuando volteé su puño iba directamente hacia mi abdomen.
Las cosas fluyeron más rápido de lo que yo esperaba. Atrapé su mano, envolviendo su muñeca con mis dedos y levantándola por encima de nuestras cabezas. Mi cuerpo actuó más rápido que mi pensamiento y cuando me di cuenta, ya le había acertado un golpe en el estómago, haciendo que se doblara del dolor. Aprovechando su cercanía, le di un cabezazo antes de que Lucien pudiera alejarme de ella, enrollando su brazo por mi talle y levantándome hasta que mis pies dejaron de tocar el piso.
La imagen de Nadia era patética, pero satisfactoria. Hincada en la misma tierra que ella hacía unos minutos había tirado con desdén, cubriendo su rostro mientras caían pequeñas gotas de sangre que se colaban entre sus dedos. Podía apostar a que no sabía que le dolía más, si el golpe en la barriga o la nariz rota.
—Ahora si creo que tienes algo en la cara… —dije con una carcajada antes de que Lucien me soltara y me aventara, haciéndome retroceder hasta que mi espalda chocó con la pared—. ¿Qué ocurre? ¿Las cosas no están pasando como te lo esperabas? ¿Querías que fuera una miserable y patética mujer que llora por los rincones, porque no tiene tu amor?
»¡¿Adivina qué?! ¡Crecí sola y sin amor! ¡La única que me amó era mi madre y cuando se fue me dejó en claro que no me amaba lo suficiente para decirme la verdad! ¿Crees que espero mucho de ti? ¡ Pues no!
—¡Fuera de mi vista! —vociferó acercándose lo suficiente para que pudiera sentir su aliento en mi rostro.
Entonces supe que mi valentía se había agotado. Los ojos se me llenaron de lágrimas y apreté los labios, evitando hablar, porque sabía que la siguiente palabra que saliera de mi boca estaría quebrada y llena de sollozos.
El ama de llaves me tomó del brazo y tiró de mí, sacándome del caos que había quedado, y pude sentir la mirada de Lucien clavada en mi espalda.

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