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EMBARAZADA TRAS EL DIVORCIO: NO ME QUITES A MI HIJO, SEÑOR CÓRDOBA romance Capítulo 14

—Sácame lo más nuevo que tengan —ordenó Irene, entrando y dejándose caer en el sofá.

Varias personas se le acercaron de inmediato: una buscaba vestidos, otra le mostraba opciones de peinado y maquillaje, otra le servía té y otra le acomodaba fruta con una charolita de postres.

Gloria miró los vestidos colgados por todo el lugar. Ahí, el más barato costaba una locura.

Iba a buscar algo que no se pasara de lanza cuando Irene dijo:

—Gloria, ven.

Gloria giró y se acercó. Le pasó el bolso.

—¿Qué andas dando vueltas? Ponte aquí y no te me andes moviendo —ordenó Irene, sin levantar la vista de las opciones.

Gloria se quedó callada. Se metió la mano que sostenía el bolso y se paró detrás de ella.

Pasaron dos horas.

Irene eligió vestido, se arregló, se probó cosas.

Y cada vez que hacía algo, remataba con lo mismo: “Aquí te quedas. No te muevas”.

Gloria no se desesperó. De todos modos tenía que escoger vestido; y el tiempo que se perdía era tiempo laboral. Que le pagaran por estar parada era más fácil que estar trabajando.

Por fin, cuando Irene terminó con todo, la volteó a ver.

—Ahora tráeme el vestido más barato que tengan.

La estilista sonrió como si ya lo esperara y le hizo una seña a su asistente.

En segundos, trajeron un vestido negro con unas tiras grises y amarillas encima.

Decir que estaba feo se quedaba corto.

De cerca era peor: las tiras de colores y las costuras se veían burdas, como mal remendadas.

Gloria frunció el ceño.

—La señorita Orozco ya fue bastante buena contigo. Ese vestido cuesta cuatrocientos veinte mil —dijo la estilista, mientras arreglaba el vestido de Irene, y de paso le soltaba la indirecta a Gloria.

Cuatrocientos veinte mil. No era poca cosa.

Gloria jamás había comprado un vestido así, ni cuando la empresa pagaba.

—Si vas a gastar el dinero de Fede, haces lo que yo diga. Si no te gusta, cómprate uno con tu dinero. A ver si te alcanza —Irene la miró por el espejo.

Irene traía un vestido lila claro. Con el arreglo se veía cara, llamativa.

Si Gloria se ponía esa cosa y se paraba junto a Irene, iba a parecer un chiste.

—Hay un socio importante. El señor Córdoba entró antes —dijo Pablo. Luego vio que Gloria todavía no se cambiaba y se sorprendió—. Gloria, ¿por qué no te has cambiado?

Gloria asintió.

—Métala usted primero. Yo ahorita entro.

Bajó con los vestidos en la mano.

Irene le echó una mirada de triunfo y se fue con paso firme sobre los tacones.

—¿Qué traen? —Pablo notó el ambiente raro, pero no entendía—.

Gloria negó con la cabeza y bajó la voz.

—Ando resfriada y estoy tomando medicamento, no puedo tomar. Al rato tú quédate con el señor Córdoba para brindar y saludar gente.

Ella y Pablo siempre se repartían: uno atendía compromisos sociales y el otro manejaba.

—Va —aceptó Pablo y se regresó al salón.

Gloria bajó la mirada al vestido, apretó los labios un par de segundos y entró al hotel.

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