—Señora —Irene quería encontrar un lugar para sentarse.
Pero con ese comentario, le tocó quedarse ahí, junto a Alicia.
—Federico anda ocupado —dijo Helena, siguiéndole el juego—. Tú como mamá deberías entenderlo. Además, con que tú cuides a Irene, ya estuvo. Yo ni me quejo, ¿y tú todavía lo andas criticando?
Las dos se pusieron a echarse flores una a la otra, y las demás señoras se sumaron con risas y halagos.
Irene contestó un par de frases por compromiso y luego se quedó callada, escuchando cómo las adulaban.
De vez en cuando buscaba a Federico entre la gente.
De pronto se topó con la mirada de Jaime, cargada de intención. A Irene se le fue el aire un segundo.
Jaime levantó su copa a modo de saludo.
Irene frunció el ceño y volteó hacia otro lado, fingiendo que no lo vio.
—Irene, ¿qué traes? —preguntó Helena.
Antes de venir, Helena le había repetido mil veces que ese día era para celebrar a don Mariano.
Aunque Irene estuviera furiosa por lo del embarazo de Gloria, tenía que sonreír.
Al llegar estaba bien, pero después de subir a ver a don Mariano y bajar… traía la cara de que algo andaba mal.
—Nada —dijo Irene, negando.
—Irene, sube y tráeme algo —Helena le hizo una seña con los ojos—. En la sala del tercer piso… creo que dejé mi celular allá.
—Está bien —Irene se levantó y le dijo a Alicia—: Señora, ahorita regreso.
Alicia sonrió.
—Ve, y vuelve rápido.
Irene salió del salón y se quedó esperando el elevador.
No alcanzó ni a verlo llegar cuando escuchó pasos detrás.
Jaime salió con su copa y se fue directo hacia ella.
Se abrieron las puertas del elevador. Irene se metió sin pensarlo y apretó el botón para cerrar.
—¿Y tú por qué corres? —Jaime metió la mano y detuvo la puerta—. ¿Tantas cosas has hecho que ya andas con miedo?
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