En el área de asistentes, varios estiraron el cuello para ver.
Pero como la puerta de la oficina estaba apenas entreabierta, solo se escuchaban voces; no se veía nada.
Gloria se quedó un momento tiesa junto al elevador y luego regresó a su lugar.
Apenas se sentó, la otra hoja de la puerta se abrió de golpe.
Irene salió con los ojos llenos de lágrimas. Traía la bolsa en la mano y, al pasar, la aventó sin cuidado: tumbó la leche caliente del escritorio de Gloria y la tiró al piso.
Ni volteó. Se fue directo.
La leche se esparció sobre la alfombra, todavía humeando.
Gloria se levantó, recogió el vaso y usó hojas para absorber lo que pudo.
De pronto, unos zapatos negros pulidos aparecieron frente a ella. El pantalón bien planchado marcaba las piernas largas del hombre.
La sombra de Federico le cayó encima.
Gloria tiró la basura y entonces se incorporó.
—Señor Córdoba, disculpe el problema.
Federico traía mala cara, seguramente por la discusión con Irene.
Y Gloria era, al final, la razón por la que se habían peleado.
—Vete con Pablo a la junta. En la noche me informas. Yo tengo que salir.
Traía el saco negro colgado del brazo y las llaves del carro en la mano.
Era obvio: iba tras Irene.
Gloria asintió.
—Está bien.
Federico se fue de prisa, sin voltear.
***
Irene salió de Holding Rivadeneira y se fue directo a casa de los Córdoba.
Cuando llegó, Alicia acababa de despertar de su siesta y estaba en la sala platicando con don Mariano y doña Valentina.
Apenas Irene entró, a doña Valentina se le borró la sonrisa.
Irene venía con los ojos rojos. A Alicia se le hizo un nudo de preocupación.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: EMBARAZADA TRAS EL DIVORCIO: NO ME QUITES A MI HIJO, SEÑOR CÓRDOBA