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EMBARAZADA TRAS EL DIVORCIO: NO ME QUITES A MI HIJO, SEÑOR CÓRDOBA romance Capítulo 241

Helena abrió la puerta del balcón.

—Irene…

No alcanzó a terminar cuando Irene se dio la vuelta, salió hecha una furia y, al pasar, la empujó a un lado para abrirse paso.

Helena trastabilló y se estampó contra la pared. Entre enojada y desesperada, soltó:

—¡Federico, ve por ella!

Irene se fue llorando tan rápido que los que estaban en la sala ni siquiera alcanzaron a reaccionar.

Federico frunció el ceño y siguió su silueta con la mirada.

Pero no se movió.

—¿Qué hace ahí parado? ¡Es una muchacha! Se tragó el orgullo y vino a pedirte disculpas. ¿Tú sabes que por esto lleva días sin dormir, culpándose…?

Helena lo apuraba, casi suplicando.

—¡Ya basta!

Darío no aguantó más.

En la sala, los Córdoba tenían expresiones distintas.

Aunque Irene no lo hubiera hecho “a propósito”, el problema lo había causado ella.

Y luego salió corriendo, llorando, como si los Córdoba la hubieran maltratado.

¿Todavía querían que Federico fuera a consolarla?

Darío se puso de pie y les hizo un gesto respetuoso a Mariano y Valentina.

—Don Mariano, Doña Valentina… al llegar a casa vamos a hablar seriamente con Irene. Esto fue una falta de respeto de parte de la familia Orozco. Como sus papás, nos toca pedir una disculpa.

Helena regresó del balcón. Antes de que pudiera decir algo, Darío le lanzó una mirada.

Ella quería justificar a Irene con un par de frases, pero al final le salió lo mismo que a Darío: disculparse.

—Sí… sí, claro…

Al final, los Orozco se despidieron con cortesías y se fueron.

—Dicen que los consejeros te están exigiendo que corras a Gloria. Si de verdad haces eso, ¿qué va a pasar con la reputación de la familia Córdoba? No nada más vas a desanimar a un montón de empleados… también vas a confirmar lo que dicen esas notas.

Los medios no son tontos. En las noticias insinuaron que Jaime andaba “raro” con Gloria.

Pero un tipo como Jaime, ¿cuántas mujeres no ha visto?

Cada frase, entre líneas, insinuaba lo mismo: que Gloria era calculadora y que ella lo había provocado.

—Hay que tener tantita madre. Aventar a alguien al fuego para tapar tu crisis… eso no se le hace a nadie.

Federico no dijo nada.

Doña Valentina se dio la vuelta y subió las escaleras.

Ya había dicho lo que tenía que decir; ahora dependía de Federico.

Paulina estaba en el segundo piso, sentada en una silla de mimbre en la esquina del pasillo. Al ver subir a Doña Valentina, apagó la grabación del celular y se levantó para ayudarla.

—Abuela… me dijeron que la señora Granados ya buscó a Gloria, que quiere que se vaya.

***

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