El privado tenía dos secciones; la puerta del área interior estaba medio abierta.
Raúl estaba sentado junto a una mesa baja, sirviendo té con toda calma.
—Doctor Esquivel —saludó Gloria al entrar.
—Gracias por venir hasta acá, señorita Loyola.
Raúl levantó la mano, indicándole que se sentara.
Gloria no vio el expediente, así que fue directa, con cortesía:
—No quiero quitarle tiempo. ¿Me puede dar mi expediente?
—Una disculpa, lo dejé en el carro. Ya mandé a un mesero por él.
Raúl se acomodó los lentes y le sirvió té en la taza de enfrente.
—Espere tantito. No se preocupe, es una infusión suave; la puede tomar sin problema. Además, quería comentarle un par de cosas.
Del cuarto interior llegó un ruido leve, como de alguien moviéndose.
Había alguien ahí; seguramente era alguien que Raúl había citado.
Gloria frunció el ceño sin querer. Lo pensó un segundo y aun así se sentó.
—Gracias, doctor Esquivel.
—Usted ya va cerca de las veintidós semanas. El segundo trimestre es relativamente más estable, pero el último trimestre no hay que descuidarlo. Aunque ya no se vaya a atender conmigo, se lo digo por prevención.
Raúl le explicó con detalle.
—Su bebé está un poco pequeño para el tiempo. Más adelante, procure comer mejor, no se sobrecargue y, si puede, deje el trabajo para pasar el último tramo con calma.
Todo eso Gloria ya lo sabía.
Tal vez, para no dejarla ahí sentada sin hacer nada, Raúl estaba sacando tema.
Gloria asintió.
—Entendido. Gracias, doctor Esquivel.
—Y le digo algo más: hay una cosa que en el último trimestre es lo más delicado.
Raúl tomó un sorbo de té. Después de un momento, bajó la taza.



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