Mirella se enderezó de inmediato.
—Se me fue… ¡es que ahora eres la señora Loyola!
—Pásate conmigo —Gloria entró primero a la oficina.
Mirella entró detrás y cerró la puerta.
—Hace rato vino un tal Bautista, dice que es gerente de Recursos Humanos, y me pidió que fuera a hacer un trámite para cambiar mi contrato. Dice que ya me estuvo esperando. ¿Voy?
Gloria dejó el portafolio, se sentó y le indicó que también se sentara.
—No. Tu contrato está en el corporativo. No lo vas a mover acá.
Mirella captó el ambiente raro y se sentó obediente.
—¿Por qué? ¿Entonces… me voy a regresar?
—La situación aquí está complicada. Acuérdate: solo me haces caso a mí. Si alguien te pide cualquier cosa, me echas la bolita.
Mirella se puso seria.
—¿Qué está pasando? ¿Hay un topo?
—No es un topo. Es la típica guerra interna.
Gloria vio el miedo asomándole en la cara y la calmó:
—Tranquila. El señor Córdoba lo va a resolver. Nosotras solo hacemos lo que nos toca.
Mirella había pensado que venía a “agarrarse” de Gloria, ser una secretaria feliz, hacer lo mínimo y ya.
Pero—
—¿Todavía estoy a tiempo de arrepentirme?
Gloria, entre resignada y divertida, soltó:
—Ya no. Estamos en el mismo barco. En esta empresa, por ahora, solo nos tenemos la una a la otra.
La cara de Mirella se descompuso.
Gloria iba a decir algo más cuando tocaron la puerta.
—Señora Loyola —se oyó la voz de Rodrigo.
—Pasa —Gloria le dio a Mirella una mirada de “todo bien” y volteó hacia la entrada.
Rodrigo entró con paso firme.
—Señora Loyola, una disculpa. Hoy llegué cinco minutos tarde. Ayer sí tomé demasiado.

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