La actitud de Gloria hacia el trabajo era intachable.
Llegar tarde a una junta del consejo era cosa seria. Si eso se corría, iba a parecer una falta de ella como asistente, y podía afectar su carrera.
Tenía que aclararlo.
Pablo le reenvió a Federico la captura de pantalla que Gloria le había mandado.
—Señor Córdoba, ¿no habrá visto el mensaje de Gloria pidiendo permiso?
Federico le echó un vistazo a la captura; frunció el ceño y abrió el chat con Gloria.
El último mensaje era una respuesta de trabajo de hacía varios días.
Se le endureció la mirada. Apagó el celular y se le notó una frialdad que puso tenso el ambiente.
Al verlo así, Pablo no se atrevió a decir nada.
Toda la tarde, Federico se la pasó metido en el trabajo.
Al anochecer, Irene llegó a dejarle una cena “con cariño”.
Pero no habían pasado ni unos minutos desde que entró a la oficina cuando Irene salió azotando la puerta.
—¡Nomás por un mensaje! ¿De verdad tenías que tratarme así?
Con los ojos enrojecidos, dijo eso y se fue hecha una furia.
Pablo entendió al instante qué había pasado. En cuanto pudo, le marcó a Gloria y le explicó todo, de principio a fin.
Gloria llevaba toda la tarde esperando respuesta de Pablo.
Y nunca se imaginó que lo que iba a recibir era esto: Irene había borrado el mensaje.
—Gloria, de ahora en adelante, cuando pidas permiso, mejor marca por teléfono.
—Está bien. Gracias, Pablo —dijo Gloria, y colgó. Le dolía horrible la cabeza.
A la mañana siguiente, tras insistir una y otra vez, el doctor aceptó darle el alta.
Paulina fue a llevarle desayuno. Al ver el cuarto vacío, buscó a una enfermera y ahí se enteró de que ya se había ido.
—Abuela… ¿tú crees que a Glori le pasó algo? —preguntó.
De regreso al cuarto de Doña Valentina, Paulina ya no se aguantó la curiosidad.
—La enfermera no quería dejarla salir, pero ella a fuerza se fue… y ni me avisó.
Doña Valentina estaba junto a la ventana, tomando el sol. Frunció el entrecejo.

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