Vidal se quedó de pie junto a Federico, tieso, como si ni respirar se atreviera.
—Quiero a César —dijo Federico, con frialdad.
La expresión de Vidal cambió al instante.
Se le fue el color de la cara y, tras un silencio incómodo, preguntó con cautela:
—¿E-es por Gloria?
Federico alzó apenas una ceja. No hacía falta decir más.
César era capaz, sí, pero no al grado de que Federico tuviera que rebajarse a pedirlo en persona.
—Señor Córdoba… yo creo que hay cosas que es mejor dejar que sigan su curso. Lo de ellos… mejor no nos metamos, ¿no?
A Vidal le corría el sudor frío por la espalda, pero aun así se obligó a mantener la compostura y a rechazarlo con tacto.
Federico captó el mensaje entre líneas.
—Antes, Grupo Viker abrió un proyecto en Río Alicante. Yo pensé que el señor Beltrán mandaría a César para allá.
—Ya se lo propuse a César… y no quiso ir.
Vidal, al terminar, se apresuró a explicar:
—Su mamá está muy grave. La están atendiendo en Belgrano Norte y él no puede moverse.
Eso lo explicaba todo.
Federico lo entendió, aunque frunció el ceño; traía la cabeza revuelta.
Vidal se quedó a un lado, observándole la cara, sin poder adivinar qué estaba pensando, con el corazón en la garganta.
—Entonces déjalo.
Tras un buen rato, Federico soltó esas palabras con la voz plana.
Vidal por fin respiró y se sentó.
Pero apenas lo hizo, Federico ya estaba de pie.
—Me acordé de algo. Me retiro.
Vidal se levantó de inmediato para acompañarlo. Lo despidió y, cuando regresó, la mesa seguía intacta: nadie había tocado la comida.
Aun así, no le entraba ni un bocado. Sacó el celular y le marcó a César.
—César, tú me dijiste que ya cortaste con Gloria. ¿No me estás viendo la cara?
Del otro lado, César respondió firme:
—Señor Beltrán, yo nunca miento. Si no, Gloria no habría podido irse a Río Alicante.

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