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EMBARAZADA TRAS EL DIVORCIO: NO ME QUITES A MI HIJO, SEÑOR CÓRDOBA romance Capítulo 327

Detrás de “hacerle el favor” a alguien, siempre hay algo más.

Gloria jaló apenas la comisura de los labios.

—La cosa en Río Alicante está complicada. Lo hizo porque le preocupa que me pase algo, por eso fue con Vidal.

Y además —pensó—, Federico también quería compensarla.

Aunque ella no creía que un matrimonio ya terminado necesitara “compensación”.

—¿Eso crees? —César nunca le había preguntado qué había entre ella y Federico. Tenía límites; no eran tan cercanos.

Pero aun así no pudo evitar decirlo:

—El señor Córdoba no es alguien a quien puedas darle atole con el dedo. Si se entera… ¿ya pensaste en las consecuencias?

Gloria no lo había pensado. Pero había cosas que, aunque no las escarbara, sabía cómo acababan.

Por eso no se atrevía a pensarlo.

Le dijo a César que lo resolvería pronto.

Pero la verdad… ni ella sabía cómo.

Cuando llegó a casa, traía esa cara pálida, como de estar cargando preocupaciones.

—¿Ahora qué hizo Federico? —Virginia, con solo verla, supo que tenía que ver con él.

—Nada —Gloria forzó una sonrisa para tranquilizarla.

Virginia llevaba días cuidando a la bebé y había bajado de peso.

Estaba como león enjaulado: encerrada en casa, su mal humor ya se notaba a simple vista.

Gloria no quería cargarle encima más cosas.

Como Virginia seguía mirándola, Gloria añadió:

—Es el trabajo. Ando cansada y ya me urge que me rinda la vida.

—Ven a comer algo. Ponte bien, tú y la niña, y en tres meses ya quedas libre.

Virginia también estaba aguantando como podía; ya se moría por conseguir una niñera.

Esa tarde se había echado una siesta, así que ahorita todavía traía pila.

Gloria acercó la carreola y, mientras comía, se puso a jugar con la bebé.

Virginia por fin pudo respirar y se dejó caer en el sillón.

Ya eran las ocho y media. Irene llevaba rato esperando en el hospital. Raúl no apareció.

Quien llegó fue Federico.

—Ve a arreglarlo —le indicó a Pablo.

Pablo le hizo un gesto a Irene a modo de saludo y fue a buscar al doctor, tal como le ordenaron.

Federico se quedó junto a la ventana, esperando, con la mirada clavada en la distancia.

Irene, detrás de él, bajó la vista para checar la hora y la ansiedad le subió todavía más.

¿De verdad Raúl iba a dejar que todo se viniera abajo?

No podía ser. Ella tenía en las manos lo que a Raúl más le importaba.

—No te pongas nerviosa. Lo peor que puede pasar ya lo sabes.

Federico notó todos sus movimientos; sus ojos se endurecieron un poco, aunque lo que dijo sonó a consuelo.

Irene apagó el celular de golpe.

—Yo… yo solo no quiero que me lastimen otra vez.

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