Dylan la miró con profunda sinceridad en los ojos. —Elara, sé que me equivoqué al traicionarte, pero a la única que amo es a ti. Cortaré cualquier lazo con ella, no volveré a verla. Por favor, mi amor, no nos divorciemos.
Elara negó con la cabeza. —No. Desde el momento en que me traicionaste, nuestro destino quedó sellado para siempre.
Dylan intentó tomarle la mano, pero ella lo esquivó nuevamente. —Fue ella. Desde que regresó al país, no ha dejado de acosarme. Aquel día en los jardines de Villa Serena me amenazó con quitarse la vida, por eso tuve que ir a verla.
—Para pelear o para amar, se necesitan dos.
—Estabas embarazada y me preocupaba tu salud, por eso me aguanté y no te toqué en mucho tiempo. Ella insistió tanto que tuve un momento de debilidad y cometí un error. Para mí, ella solo fue un desahogo físico. Mi único y verdadero amor siempre has sido tú.
Elara estaba harta de sus excusas patéticas. —No tiene sentido que me digas esto ahora. Si de verdad te importo un poco, acepta el divorcio.
Dylan negó rotundamente. —No me divorciaré. —Y justo frente a Elara, bloqueó a Nina Salinas de todos sus contactos.
A Elara le dio risa. —Dylan, aunque no vuelvas a hablarle ni a verla jamás, eso no borra el hecho de que te acostaste con ella. Estás sucio y ya no te quiero. ¿Te queda claro?
El rostro de Dylan palideció. Esa palabra, "sucio", se clavó en su pecho como un puñal, sobre todo porque no tenía cómo defenderse.
Tras unos segundos, intentó recuperar el aliento y dijo: —Sé que esto es un golpe muy duro para ti. No pretendo que me perdones de inmediato. Te demostraré con acciones que estoy arrepentido. Tengo cosas que hacer en la oficina, me retiro. —Sin darle oportunidad a Elara de replicar, se levantó y salió apresuradamente.
Elara imprimió un nuevo acuerdo de divorcio, lo firmó y esperó a que Dylan regresara. Dieron las once de la noche y él no apareció. No contestaba las llamadas ni respondía los mensajes.
A la mañana siguiente, Elara se levantó, se arregló y fue al cuarto a ver a su hija.
La niña ya estaba despierta. Marta la tenía en la cuna mecedora y la hacía sonreír con un sonajero. Al ver entrar a Elara, sonrió de inmediato. —Señora, ya despertó. El Señor Lucero le compró muchos regalos, los dejé abajo en la sala. Vaya a verlos.

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