Elara contestó casi desesperada:
—¡Prende la cámara! ¿Por qué no quieres contestar por video?
—Elara, de verdad no puedo ahorita...
—¿No puedes, o no te atreves? —le gritó con la voz temblorosa.
Hubo un silencio de varios segundos al otro lado de la línea.
—... Elara, ¿qué te pasa?
—¿Me estás ocultando algo?
—Claro que no.
—¿Todavía me quieres mentir? Ya lo vi todo, sé que estás en el hospital.
La línea volvió a quedar en un silencio absoluto.
Para Elara, ese silencio era una confirmación. Realmente estaba en un hospital.
A Elara se le salieron las lágrimas por la desesperación.
—¿Qué te pasó? —preguntó con la voz rota—. ¿Por qué estás en el hospital? No me mientas, tengo mucho miedo.
—¿Cómo supiste que estoy en un hospital?
Elara se secó las lágrimas mientras hablaba.
—Lo vi en las noticias de chismes. Había un escándalo sobre una influencer y en una de las fotos salías tú. ¿Qué demonios pasó? Si no me dices ahora mismo, compro un boleto para Altamira y voy a buscarte.
—¡No, ni se te ocurra! Con tu embarazo tan avanzado, si te pasa algo en el camino, me muero.
—Entonces dime de una vez, ¿qué te pasó? ¿Por qué estás ahí?
El hombre suspiró suavemente.
—Estoy bien. Un cliente tomó de más y tuve que traerlo para que le hicieran un lavado gástrico.
—¿De verdad?
—De verdad.
—No te creo. Contéstame por videollamada.
—Elara...
—Si no te atreves a contestar, es porque me estás mintiendo.
—Está bien, dame un momento. Voy a subir al elevador, en cuanto salga te marco por video.
—De acuerdo.
Elara colgó y esperó con el corazón en un hilo.
Unos tres minutos después, entró la videollamada de Dylan.
Contestó de inmediato. En la pantalla, Dylan efectivamente estaba en un hospital; a sus espaldas se veía un elevador y un tablero con los perfiles del cuerpo médico.
Alcanzó a leer que eran especialistas en gastroenterología.

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