Solsepia, habitación de hospital.
Sergio Beltrán entró en la habitación con el informe de la prueba de ADN y se lo entregó a Dylan Lucero, que estaba recostado en la cama.
—Señor Lucero, ya tenemos los resultados urgentes.
A un lado, Viviana Lucero se acercó de inmediato para mirar.
A Dylan le temblaban ligeramente las manos mientras sostenía el documento; sus emociones eran un completo caos.
Por un lado, deseaba que el niño fuera suyo. Así, al menos, no se sentiría tan estúpido por haber mantenido durante meses a un bebé que no era de él.
Por otro lado, deseaba que no lo fuera. Tener un hijo con una mujer tan inestable como Nina Salinas, que vivía rodeada de escándalos, le parecía el peor de los insultos.
Dylan se preparó mentalmente y pasó a la última página para leer el resultado.
Cuando Viviana vio la confirmación de parentesco, perdió el equilibrio y tuvo que apoyarse en la orilla de la cama para no caer.
—¡El hijo de Nina es en verdad mi nieto!
Si le hubieran dado esa noticia antes de los escándalos de Nina, antes de que su reputación se fuera a pique y sufriera aquel terrible incidente con los vagabundos, habría estado saltando de alegría.
Pero ahora...
Nina estaba acabada. Su vida estaba destrozada por completo.
¿Cómo podría una mujer tan despreciable y sin ningún tipo de dignidad ser la madre de su nieto?
Dylan leyó el resultado con una expresión vacía. No sabía si alegrarse o enfurecerse. Después de unos instantes de silencio, levantó la mirada hacia Viviana.
—Que mi abuelo no se entere de esto.
Viviana entendió al instante lo que su hijo insinuaba.
—¿No piensas reconocer al niño ante la familia?
El rostro de Dylan se mostró frío y calculador.
—Jamás he tenido esa intención.
Incluso antes de la caída de Nina, nunca había pensado hacerlo. Ahora que ella estaba acabada, mucho menos. El único hijo que él reconocería sería el que tuviera con Elara.
—Pero el bebé no tiene la culpa.
Los fríos ojos de Dylan se posaron sobre su madre.
—¿Tú quieres reconocerlo?
Pensando en Nina, el poco sentimiento de compasión que Viviana sentía por el niño se evaporó en un segundo, y se quedó callada, apretando los labios.
Dylan destrozó el informe de ADN y habló con voz helada.
—Si alguien se atreve a filtrar esto, que no espere piedad de mi parte.
Viviana volvió a sentarse en silencio en el sofá.
Sergio reafirmó rápidamente su lealtad.
—Pierda cuidado, señor Lucero. Mi boca es una tumba, y me aseguraré de que en el laboratorio tampoco digan nada.
Dylan asintió.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Esa niña es mía: El secreto de mi poderoso excuñado