Hubo un silencio ahogado al otro lado de la línea. Luego, la voz de Don Leonardo estalló varios tonos más alto.
—¡¿Ofendiste a Renato?!
—No, solo era una suposición.
—¿Acaso quieres matarme de un infarto? ¡Deja de decir estupideces! Sin el respaldo de tu hermano, ¿dónde crees que estaría el Consorcio Lucero hoy? ¡Renato es nuestro mayor pilar! Ya que estás en la Capital, deberías pasar más tiempo con él, fortalecer los lazos de hermandad.
Escuchar eso le revolvió el estómago a Dylan. Era la ironía más grande del mundo. Renato le había robado a su mujer y él no solo no podía vengarse, ¡sino que tenía que ir a arrastrarse a sus pies!
—Entendido —respondió, perdiendo la paciencia, y colgó de golpe.
Llegaron las dos de la tarde y Dylan ya no daba más. No solo seguían perdiendo contratos, sino que las acciones del Consorcio Lucero comenzaron a desplomarse en picada apenas abrió la bolsa.
Se odiaba a sí mismo. Bajo el brutal ataque de Renato, no había logrado resistir ni un solo día. La aplastante diferencia de poder entre ambos quedó trágicamente en evidencia.
Un hombre inteligente sabe cuándo rendirse.
Dylan tomó su teléfono y llamó a Renato. La línea sonó hasta que el buzón de voz cortó la llamada. Nadie respondió. Lleno de rabia, estrelló el celular contra el suelo.
—¡Maldito infeliz!
Lo obligaba a agachar la cabeza y ni siquiera le contestaba las llamadas.
A un lado, su asistente Sergio Beltrán tragó saliva.
Últimamente, el señor Lucero estaba irreconocible. Ya había destrozado varios teléfonos en un solo mes.
—Señor... —dijo con cautela— ¿y si vamos personalmente a la Corporación Soler?
—¡No iré a ningún lado!
Sergio agachó la cabeza y guardó silencio.
La furia de Dylan no cedía. Pateó los pedazos del celular al otro lado de la habitación, se llevó las manos a la cintura y comenzó a caminar en círculos como un león enjaulado. Tras un largo rato, sintió que el nudo en su pecho aflojaba un poco. Finalmente, caminó hacia la puerta a grandes zancadas.
Sergio se apresuró a seguirlo.
Media hora después, llegaron a la Corporación Soler. Fabián fue quien los recibió.
—Señor Lucero, el señor Soler está en una reunión. Le ruego que espere un momento.
Dylan forzó una sonrisa amable.

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