Dylan frunció el ceño, dejando asomar en su rostro la clara molestia de haber sido interrumpido. Sacó el celular, vio el nombre en la pantalla y miró a Elara.
—Tengo que contestar.
Era ese tal Mateo otra vez.
Elara tuvo el presentimiento de que esa llamada no traería nada bueno, pero al tratarse de asuntos laborales, prefirió no reclamar.
—Está bien.
Dylan la soltó, caminó hacia la ventana y respondió.
—... No te alteres... Voy para allá ahora mismo.
Cuando lo vio colgar, Elara habló con un tono de decepción evidente.
—¿Te vas de nuevo?
Dylan asintió, se acercó a ella y le tomó las manos.
—Resolveré esto lo más rápido posible. Vuelvo en la noche para estar contigo y con Vali.
—Deberías despedir a ese Mateo. Siento que el puesto de gerente de planificación le queda grande. Si a cada rato tiene que buscarte para que le resuelvas la vida, ¿de qué sirve tenerlo ahí?
Dylan se quedó helado un segundo, pero luego soltó una carcajada.
—Vaya, qué resentida andamos.
Elara solo se estaba desahogando un poco; en realidad, jamás interferiría en las decisiones de la empresa de su marido.
—Solo bromeaba. Ve, atiende tus asuntos.
—¿Me voy, entonces?
—*Mjm*.
Dylan salió por la puerta.
La habitación, que apenas unos minutos antes rebozaba de calidez, de repente se sintió inmensa y vacía. Elara miró a su alrededor y dejó escapar un largo suspiro. Se sentía muy sola, con un hueco en el estómago.
En ese momento, alguien tocó la puerta.
Elara levantó la vista. Era una de las empleadas de la clínica.
—Señora Elara, le llegó un paquete.
Elara frunció el ceño, confundida. No había comprado nada por internet últimamente.
La empleada le entregó una caja pequeña, perfectamente sellada.
—Es un artículo de gran valor, requiere firma de recibido.
Elara tomó el paquete y comprobó la etiqueta. Efectivamente, estaba a su nombre y tenía la dirección de su habitación. El remitente era de la Capital.

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