Tal vez sería mejor hacer de cuenta que no sabía nada.
Pero si de verdad él se lo había enviado y ella aceptaba un regalo de esa magnitud sin decir ni una palabra de agradecimiento, se vería terrible.
Tras pensarlo un rato, decidió no hacer la llamada. En su lugar, buscó el número en WhatsApp y le envió una solicitud de contacto.
Lo admitía: era una cobarde.
Entre llamar y mandar un mensaje, prefería lo segundo. Al no tener que escuchar su voz, la intimidación sería menor y no se pondría tan nerviosa.
En el mensaje de la solicitud, solo escribió tres palabras: *Soy Elara Rosales*.
Ella imaginaba que un hombre tan ocupado como Renato Soler apenas y revisaría su teléfono, pero para su sorpresa, le aceptó la solicitud casi de inmediato.
Elara se quedó muda.
¿Acaso tenía el teléfono en la mano en ese preciso instante?
Observó detalladamente su foto de perfil: era una imagen del cielo nocturno, completamente oscuro, apenas salpicado por unas cuantas estrellas.
Su nombre en la aplicación era simplemente: RS.
Las iniciales de Renato Soler.
Revisó sus estados, pero todo estaba vacío y pulcro. No había publicado nada nunca.
Elara decidió empezar con un saludo formal.
—¡Hola, señor Renato!
Casi al instante, él respondió con un mensaje cortante:
—Sí.
Elara sopesó sus palabras por un segundo antes de enviar la siguiente pregunta.
—¿Usted le envió un regalo a Vali?
—Sí.
¡Entonces sí había sido él!
Elara tecleó a toda velocidad:
—El detalle es exquisito, de verdad es precioso. Se lo agradezco muchísimo en nombre de Vali. Gracias, tío.
—¿Tío?
Claro que sí, pensó ella. Si estaba agradeciendo en nombre de su hija, era lógico llamarlo "tío", como es costumbre con los grandes amigos de la familia.
—Así es, muchas gracias, tío.
Luego, Elara notó que en la parte superior del chat aparecía y desaparecía la leyenda *Escribiendo...*. Tras unos tensos segundos de espera, llegó otro mensaje igual de escueto:
—Mjm.
Elara suspiró. Pensó que esta vez él escribiría al menos una frase completa. Definitivamente, los hombres de su nivel consideraban que las palabras valían oro.


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