Había admitido sin rodeos que él orquestó la crisis del Consorcio Lucero. No ocultaba sus métodos ni sus intenciones. Le trazó una línea inquebrantable: si volvía a acercarse a Elara, el precio a pagar sería la ruina total de su imperio.
Dylan sabía que Renato tenía el poder para hacerlo. Esa amenaza no era un alarde vacío, sino una condena firme. La impotencia de sentirse acorralado, con su destino en manos de otro hombre, era tan asfixiante que casi lo volvía loco.
Apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Antes de venir, ya se había mentalizado para agachar la cabeza y rendirse, pero ahora tenía que hacer un esfuerzo sobrehumano para tragarse el resentimiento y el orgullo herido.
Toleraría esta humillación por ahora. ¡Pero juró que llegaría el día en que le cobraría cada lágrima, cada golpe bajo y el haberle robado a su mujer!
Reprimió cualquier rastro de rebeldía en sus ojos, dejó caer los hombros y, con voz derrotada, murmuró:
—Entendido.
Renato se inclinó ligeramente para aplastar el cigarrillo en el cenicero de cristal. Luego se puso de pie, se metió las manos en los bolsillos y miró a Dylan desde arriba.
—Si llega a mis oídos un solo rumor sobre ella y yo en la calle, serás el primero en pagar las consecuencias.
La advertencia era clara. Si su relación con Elara se hacía pública, iría directo por la cabeza de Dylan.
Dylan levantó la vista.
—¿Acaso crees que podrás esconderla toda la vida?
—Eso es problema mío, a ti no te incumbe —sentenció Renato antes de dar media vuelta y salir a grandes pasos.
***
En una habitación del club privado.
Enrique e Isabel Soler no se habían movido del lugar desde la noche anterior, a la espera de los resultados de la investigación. Cuando vieron entrar a su hermano Felipe, Isabel saltó de su asiento.
—¿Qué averiguaste?
Felipe se dejó caer en el sofá y se sirvió una taza de té.

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