Y, en efecto, Renato había cumplido su palabra. Dylan no se lo había contado ni a Luciana; mucho menos se lo diría a otra persona.
Elara estaba perdida en sus pensamientos cuando el timbre volvió a sonar. Parpadeó, sorprendida. ¿Quién más podría ser?
Se levantó y, al abrir la puerta, se encontró con la imponente figura de Renato Soler. No se veían desde que regresaron de la Mansión Soler hacía casi un mes. El reencuentro la tomó por sorpresa y la alegría iluminó su rostro al instante.
Los ojos de Renato reflejaban el cansancio acumulado de tantos días de trabajo, pero en cuanto su mirada se posó en Elara, todo el agotamiento pareció esfumarse. La añoranza subió de golpe, mucho más fuerte que cuando solo la extrañaba en la distancia.
Al ver que parecían dos imanes a punto de pegarse, Violeta Ávila no pudo evitar bromear:
—Oigan, hay gente presente. ¿Podrían disimular un poco esas miradas de amor?
Elara reaccionó, sonrojándose levemente, y miró a Violeta.
—¿Por qué no me avisaron que venían?
—¿Qué, no te gustan las sorpresas? —respondió Violeta con una sonrisa.
—Lara, ¿quién es? —se escuchó una voz masculina desde el interior del apartamento.
La sonrisa de Violeta se congeló. Miró a Elara, muy confundida.
—¿Por qué hay un hombre en tu casa?
Violeta no reconoció la voz de Dylan, pero Renato sí. Todo el amor y la ternura de sus ojos se esfumaron en un segundo, reemplazados por un brillo gélido. ¿De verdad tenía el descaro de seguir acosándola?
Para ese momento, Dylan ya se había acercado con Vali en brazos. Al ver a Renato y a Violeta en la puerta, un destello de hostilidad cruzó su mirada, pero enseguida forzó una sonrisa.

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