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Esa niña es mía: El secreto de mi poderoso excuñado romance Capítulo 74

Nuevo hogarEsa niña es mía: El secreto de mi poderoso excuñado ya está en NarraverseSigue leyendo en nuestro nuevo sitio: un lector más limpio, páginas más rápidas y los capítulos más recientes.Leer en Narraverse

El cuerpo de Elara se tensó de inmediato. La imagen de Dylan abrazando a Nina de esa misma manera cruzó por su mente como un relámpago, y una ola de asco le revolvió el estómago. Casi por puro instinto, se giró y lo empujó con fuerza.

Dylan, al no esperarlo, trastabilló y casi pierde el equilibrio. Logró sostenerse tras un par de pasos torpes y la miró, completamente desconcertado.

—¿Qué te pasa?

Elara apretó ligeramente los puños a los costados, obligándose a mantener la calma.

—Estaba concentrada pensando en algo y me abrazaste de la nada. Me asustaste.

Dylan levantó una ceja, intrigado.

—¿Y en qué pensabas con tanta concentración?

—Como la niña nació antes de tiempo, me sobran algunos días de licencia de maternidad. Estaba pensando en cancelar una parte y volver a trabajar antes de lo previsto.

—De ninguna manera. Perdiste mucha sangre en el parto y tu cuerpo sufrió un desgaste tremendo. Tienes que quedarte en casa a recuperarte. Cuando estabas embarazada e insististe en seguir yendo a la oficina, te dejé hacerlo, pero esta vez me vas a escuchar.

Elara no tenía ganas de discutir. Total, una vez que tuviera las pruebas y el divorcio fuera oficial, él no tendría derecho a opinar sobre su vida.

—Está bien, haré lo que dices —respondió en tono dócil.

Elara siempre había sido una mujer de carácter fuerte. Cuando tomaba una decisión, ni con cien mulas la hacían cambiar de opinión. Verla acceder tan fácilmente dejó a Dylan muy complacido.

Dio un paso hacia ella con la intención de tomarle la mano.

Bajo la excusa de acomodar unas prendas, Elara se dio la vuelta para evitar el contacto y, de paso, cambió de tema.

—¿Quién te llamó hace un momento?

La mano de Dylan se quedó suspendida en el aire por una fracción de segundo antes de retirarla.

—Mateo.

Los dedos de Elara se detuvieron apenas un instante sobre una blusa, pero su tono de voz sonó completamente casual.

—¿Tienes que volver a la empresa?

—No. Que resuelvan el problema ellos mismos. Esta noche me quedo en casa contigo.

Elara sabía que, en teoría, debía mostrarse feliz por la noticia.

Pero al pensar que solo le estaba dedicando una noche de entre todas las que pasaba calentando la cama de Nina, solo sintió repugnancia. Le resultó físicamente imposible fingir una sonrisa.

—Deberías ir. El trabajo es importante, nosotros tenemos toda la vida por delante.

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