El lugar era un bar lounge de ambiente sofisticado y elegante. Pequeños grupos de personas conversaban entre risas y copas, mientras una suave melodía de violín flotaba en el aire.
Elara se detuvo en la entrada y examinó el área principal. Al no ver a Dylan por ninguna parte, caminó hacia la barra. Pidió un cóctel de frutas y, fingiendo timidez, se dirigió al mesero.
—Disculpa, el chico guapo que acaba de entrar... ¿sabes hacia dónde fue?
En esos lugares de alto nivel, la clientela solía ir en busca de todo tipo de conquistas. El mesero, acostumbrado a ese tipo de preguntas discretas, le dedicó una sonrisa cómplice y señaló hacia un pasillo lateral.
—Se dirigió a las salas privadas, señorita. Aunque no sabría decirle exactamente en cuál entró.
—Gracias.
Elara se adentró en el pasillo. Había puertas a ambos lados, por lo menos una docena de salas privadas. *¿Cómo se suponía que iba a encontrarlo sin abrir todas las puertas?*
Mientras dudaba si debía arriesgarse a ir una por una, la puerta de una de las salas se abrió y salió un hombre.
Era uno de los amigos cercanos de Dylan. Lo había visto la vez que él la presentó formalmente a su círculo íntimo.
El hombre caminó por el pasillo y dobló hacia los baños del fondo.
Elara avanzó rápidamente hacia la puerta que había quedado entreabierta. Espió por la rendija y, efectivamente, vio a Dylan sentado en el centro del sofá de cuero, con una copa en la mano y rodeado por varios de sus amigos.
Recorrió la sala con la mirada, pero para su sorpresa, Nina no estaba allí. Frunció el ceño. Si había sido ella quien lo llamó, ¿por qué no estaba a su lado?
Mientras trataba de darle sentido a la situación, la conversación desde el interior de la sala llegó nítidamente a sus oídos.
—Ya te lo había dicho, a las mujeres hay que tratarlas con mano dura. Mírala ahora, la dejaste en visto un par de días y ya se volvió mansita.
—Así son las mujeres, hermano, como domar potros. Si se ponen rebeldes, les das un par de latigazos, las dejas sin comer y terminan comiendo de tu mano.
—Tienes que dejarle claro quién manda. Todo lo que tiene es porque tú se lo das. Tú eres su dios, su única preocupación debería ser cómo complacerte, no andarte exigiendo cosas.

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